viernes, 4 de julio de 2014

Kennedy y Juan XXIII abrieron puertas (1960-63)

Hasta noviembre de 1960 jamás se había elegido presidente de Estados Unidos a un católico. Al Smith, católico de origen irlandés lo había intentado en 1928 y perdió debido al prejuicio anti-católico de la mayoría protestante blanca. Al significado de esta reversión dedico esta entrega de la serie.*

La separación en los Estados Unidos de la iglesia y el estado, puesta en la constitución hace 200 años por protestantes que temían a Roma tanto como si mismos, había sido la excusa para no tener relaciones diplomáticas con el Estado Vaticano (relaciones que se establecieron recién en 1983, bajo Reagan, un presbiteriano que había sido bautizado católico).

Hay que haberlo vivido para entenderlo.

El mundo católico estadounidense en 1960 era esencialmente un castillo social, con sus murallas de protección social para el 24% de habitantes que profesaban la fe. Era una sociedad paralela, encerrada en sí misma, gobernada por clérigos (que en su mayoría eran de origen irlandés y tenían sus propios prejuicios étnicos feroces).

Ese pequeño país dentro de un país, que había sido labrado a partir de la década de los 1840, cuando los irlandeses vinieron masivamente huyendo de la hambruna de la patata, y a través de las diferentes oleadas de inmigrantes católicos posteriores europeos: polacos, italianos, alemanes, checos y eslavos varios.

Un católico yanqui de 1960 era católico en serio. Iba a misa todos los domingos, no comía carne los viernes y formaba parte de familias enormes. Iba a una escuela católica, ya sea parroquial o privada. Si era trabajador, se unía a un sindicato en el que sus coreligionarios eran miembros con el apoyo activo del clero en las huelgas. Los irlandeses de "encaje" (pero no los Kennedy), iban a las universidades católicas y de ahí entraban a firmas de abogados católicos o de corredores de bolsa católicos.

Todos se casaban con una chica católica y tenía de 6 a 12 hijos. Compraban seguros de un agente católica e iban a banqueros católicos. Nunca se unían a una serie de asociaciones porque eran protestantes, ni jamás se les ocurría mandar a sus hijos a una escuela pública. Los católicos pagaban impuestos para las escuelas públicas y además apoyaban una red de escuelas parroquiales que no recibían un centavo del gobierno.

De vacaciones iban a playas donde los católicos eran bienvenidos (a menudo porque los hoteleros eran católicos). Ah, y dado que los irlandeses de Nueva York y Chicago había construido poderosas maquinarias políticas locales, ser católico significaba que votar en favor de sindicatos y del partido pro-católico, el Partido Demócrata, no el partido de le élite protestante, el Republicano.

La amplia mayoría de los católicos habían sido pobres y de clase trabajadora hasta que el GI Bill, que subsidió la universidad para los soldados que sirvieron en la Segunda Guerra Mundial (generando así la amplia clase media profesional de la posguerra).

Los irlandeses salían de la pobreza entrando al trabajo policial, luego de inteligencia (incluso hay una broma interna en la CIA que la sigla significa "Catholics In Action"), la política local, los sindicatos o el sacerdocio. Debido a que eran los únicos inmigrantes católicos de habla inglesa nativa, se convirtieron en los líderes de todos los inmigrantes católicos. Los italianos (algunos de ellos) formaron la Mafia, que originalmente era un conjunto de grupos de auto-protección independientes (como lo habían sido en Italia, cuando los sicilianos lucharon contra la anexión italiana). Los polacos estaban en la parte inferior de la escala social, y eran el blanco de bromas prejuiciosas. Hubo por un tiempo, desde la década de 1880 a fines de la Primera Guerra Mundial, una vibrante comunidad católica alemana que apoyaba sus propias escuelas bilingües alemán-inglés; fue destruida por (a) el clero irlandés y (b) la guerra, cuando ser de origen alemán era algo que uno escondía.

La mayoría de los estadounidenses no católicos no conocen esta parte de nuestra historia y por lo tanto no se dan cuenta de lo enorme que fue para los católicos ver a uno de su propia gente nominado y elegido presidente. Para la mayoría protestante, Kennedy no era más que un hombre joven (¡lo joven que me parece ahora!), atractivo, en tren de apuro.

Para los católicos, la elección de Kennedy significó que las puertas doradas del afamado Sueño de América se habían finalmente abierto. En la década de 1960, los estadounidenses de origen irlandés se elevaron en términos socioeconómicos a la clase media alta. (En Yanquilandia persiste la idea de que todos somos de clase media.) Antes de 1960 habían mayoritariamente trabajadores no profesionales.

Hay que re-escuchar los discursos del Presidente Kennedy para notar la frecuencia con la que usó "revolución" para describir cada propuesta y desafío que planteó. Y, sin embargo, si uno se saca los lentes de la nostalgia, no hay duda que fue un presidente relativamente conservador.

El revolucionario real de la época fue Fidel Castro, que le tomó el pelo a la CIA (que efectivamente le proporcionó pertrechos). Pero en Estados Unidos, donde figuré entre los cientos que estrecharon la mano del joven barbudo durante su visita a Washington, a Castro se le veía como parte de algo que en aquel entonces era temible, tenebroso e impensable.

Ciertamente estos últimos años de transición a lo que se llamaron los "Sixties" (Sesentas), que en realidad fueron de 1963 a 1974, fue el momento de dos hombres llamados Juan. Uno fue presidente, el otro fue un papa que también, mirándolo sin nostalgia, fue relativamente conservador.


















En realidad, lo que fue revolucionario de Kennedy y de Juan XXIII fue el momento que les toco asumir un papel en el escenario de la cultura social. Fueron agentes catalizadores de una revolución social y cultural en Estados Unidos y, a través del megáfono yanqui de Hollywood y la música popular, en el mundo.

¡Qué breve fue ese momento! Un instante recuerdo que hasta las monjas partecían caminar sobre una nube feliz en ese noviembre de 1960, y en otro las veo llorar otro noviembre tres años después.


* Esta es otra entrega de una breve serie que intenta esbozar la historia cultural y social contemporánea de Yanquilandia, a través de como se sintió el tiempo y el lugar. Todo esto surge de un intercambio con una corresponsal francesa, que provocó pensamientos que podrían ser de interés para mis lectores hispanoparlantes.

No hay comentarios.: