miércoles, 28 de diciembre de 2022

Siamo Tutti Neri e Italiani

 El título de esta entrada, que significa “somos todos negros e italianos” saltó en una conversación entre mi prima mayor y su hijo menor.

 La susodicha es una mujer nacida en los años 1930 de una familia criolla de clase media argentina, caída de estancieros a meros profesionales medio pelo unos 20 años después de Rosas.

 Debatían el origen de la familia: ella con prejuicios de principios del siglo XX y el con la universalidad de una humanidad que se enfrenta al cambio climático en el XXI.

 Ella negaba información documentada que la abuela de nuestro abuelo común nació “parda libre” (por obra de la Asamblea del Año XIII) de padres “negros esclavos”.

 Estoy harta de probar que no soy esclava ni negra mota.

 Veinte años antes del nacimiento de mi prima, nuestro abuelo común salía de su casa en Belgrano en traje, sombrero de copa redonda y bastón a su auto con chofer. Desda la vuelta de la esquina, en una de esas recientes ferias callejeras que la municipalidad permitía, escuchaba a grito pelado en acento italiano el precio de las cebollas. 

 ¡Esos gringos nos están robando el país! (Los gringos son, en su casa, “tanos”.)

  De ahí la declaración del título. Hoy por hoy, los argentinos son más italianos que españoles y muchos de antiguas alcurnias criollas tienen sangre africana entremezclada.

 ¿Tendrán sangre tricolor, con gris en la franja de medio lugar de blanco?

viernes, 19 de noviembre de 2021

Pandemia y Regeneración

Los humanos estábamos a la deriva.

Los hombres acosaban a las mujeres.  Los blancos abusaban a los negros.  Los ricos y poderosos se aprovechaban de los demás. Sus empresashabían seducían con engaños y provocaban la codicia y la envidia. Y sus gobiernos estaban a la deriva, en el mejor de los casos. 

Y, en conjunto, todos los humanos contribuíamos al despojo de nuestro planeta y único hogar nativo.

Luego vino una pandemia y tuvimos la oportunidad de observar al mundo desde nuestras pequeñas cuevas. Fue entonces cuando la necesidad de regeneración se hizo evidente. 

Como hombre, reconozco en la pornografía y la literatura erótica nuestras salvajes fantasías de polinización de las mujeres como fuente de satisfacción sexual disponible para tomar, penetrar y controlar, a nuestro antojo.  Cuando escucho sobre asesinatos domésticos, violaciones de pandillas, tráfico sexual, me doy cuenta de que un movimiento #MeToo no puede detener esto.  La investigación feminista no puede rectificar esto.

Los hombres necesitamos ser sanados.

Necesitamos una regeneración externa, de las células de nuestra médula espinal y de los recovecos más profundos de nuestra psique.  Necesitamos limpiar a la sociedad de todos los mensajes, apoyos, tradiciones, socialización, imaginería y propaganda para devastar y conquistar a las mujeres que se han desarrollado durante miles de años.

Lo mismo se aplica a los caucásicos, los ricos y poderosos y sus instituciones, y de hecho a toda la humanidad.

Incluso los oprimidos y los menos afortunados tienen que cambiar.  Las mujeres a menudo se han esclavizado lo suficiente a fantasías de belleza sostenidas por industrias malévolas.  Los no caucásicos han absorbido las nociones de una jerarquía tribal de etnicidad, nacionalidades y razas.

Nadie está libre de imperfecciones.

Después de la pandemia, si sobrevivimos, necesitamos comenzar un proceso de regeneración de la humanidad.

martes, 26 de noviembre de 2019

Fidel y yo

[Lo siguiente es una traducción de una entrada en mi blog en inglés escrito en el 2016 cuando falleció Fidel Castro.]

A mediados de abril de 1959, cuando aún era un niño de primaria, tuve la oportunidad de reunirme con un personaje que acaba de morir. Muchos años después, esa persona aún afectaba al mundo.

Sucedió más o menos así.

En ese momento, mi padre era diplomático en Washington, D.C., enviado por el gobierno del Presidente Arturo Frondizi de Argentina.

Dada mi edad, no sabía mucho sobre el trabajo de mi padre. Era, como siempre, algo relacionado con la economía. Mi padre me había enseñado la ley de la oferta y la demanda. En un libro de historia infantil leí algo sobre un tal Karl Marx y su seguidor Vladimiro Lenin que había causado revuelo en el mundo de los adultos.

Todos estábamos en medio de una Guerra Fría con la Unión Soviética, con la posibilidad de una guerra nuclear. Todo esto era muy complicado, interesante y aterrador al mismo tiempo.

Años antes, en Nueva York, donde nací, sorprendí a las monjas en mi escuela el día en que la maestra nos preguntó qué hacían nuestros papás como parte de una lección sobre la idea de trabajar, y yo respondí "es un comunista ". Mi madre me preguntó al respecto y logró entender que lo que había querido decir era "economista". A mi edad las dos palabras eran muy similares. Mi padre no era comunista, ni de lejos.

Pero eso fue antes del episodio sobre el que escribo, que fue en 1959, meses después del triunfo de la insurrección cubana dirigida por Fidel Castro (y, curiosamente, equipada por nada menos que la Agencia Central de Inteligencia de los EEUU). En abril, Fidel vino a Washington durante 11 días para reunirse con funcionarios, pero también para visitar la capital.

Debe entenderse que en abril de 1959 a Fidel Castro todavía no se le conocía públicamente como comunista. Era un héroe para casi todos. Richard Nixon, que había debatido con Nikita Khrushchev de la URSS, lo declaró "casi ingenuo en asuntos ideológicos" después de entrevistarlo.

Fidel había derrocado a un dictador, uno de los tantos en los años 1940 y 1950 en América Latina. Figuraban en el panteón de la época, según quien hablara, Getulio Vargas de Brasil, Juan Domingo Perón de Argentina, Marcos Pérez Jiménez de Venzuela, los tres Somozas de la dictadura dinástica en Nicaragua, Rafael Leonidas Trujillo de la República Dominicana, François Duvalier de Haití y, por supuesto, Fulgencio Batista de Cuba. El dictador cubano había sido uno de esos diregentes más o menos demagógicos, megalómanos, que censuró a la prensa y prohibió las críticas, ideológicamente ecléctico, y favoreció socioeconómicamente a quien quiso.

En ese momento, mi familia estaba buscando una casa y, mientras tanto, nos estábamos quedando en un hotel donde se hospedaban muchos diplomáticos y grupos extranjeros. Yo era un niño multilingüe, gracias a mis experiencias en Suiza, que hablaba con todos. En ese sitio conocí a un grupo de jóvenes cubanos, hombres y mujeres jóvenes de unos 20 años más o menos, que me adoptaron como mascota y me invitaron a todas partes.

Fidel llegó a la ciudad y mis amigos cubanos estaban felicísimos, diciéndome que iban a ir en la caravana de autos que acompañaría al nuevo presidente cubano a visitar la casa de George Washington en Mount Vernon, Virginia, a una hora de Washington.

Quedé atrapado en la emoción y corrí con uno de ellos para rogarle a mi mamá permiso para ir con ellos. Mi madre tenía dudas pero la convencí. Llegó el día y ella me hizo ponerme un traje, ponerme gomina en mi cabello para hacerlo rígido como una roca, y me fui, montando en el capó de un convertible como modelo de desfile, con los pies en el asiento trasero sujetados por dos de mis amigos cubanos.

Llegamos a Mount Vernon y después de esperar en la fila me encontré frente a un hombre con barba que me parecía muy alto. Le hablé tal como mi madre me había dicho, que mis padres y abuelos extendían las felicitaciones de Argentina. Me dijo algo más que no recuerdo y me instó a decirle algo de lo que pensaba.

Y así salió, de no sé donde, mi pedido: "Me gustaría un uniforme como el tuyo".

Él sonrió, le dijo a algunos de los hombres a su alrededor que tomaran mi información y me enviaran un uniforme. Yo eme puse contento. Fidel Castro me enviaría otro atuendo para jugar, junto con mi ropa de vaquero y mi soldado de la guerra civil estadounidense y mis uniformes de béisbol.

En poco tiempo nos mudamos y terminamos en Buenos Aires. Mi padre en poco tiempo se convirtió en asesor de Frondizi en la Casa Rosada, la versión argentina de la Casa Blanca. En ese cargo participó en una reunión privada con el Che Guevara, este último en su calidad de Ministro de Industria de la República de Cuba, y en un encuentro más protocolar con Fidel Castro en Punta del Este, Uruguay. Nadie me dijo lo que se dijo en reuniones de tan alto nivel. Y según diarios que recordaron el encuentro cuando mi padre falleció, nadie había sabido del momento.

Años más tarde, alrededor de 1990, me encontré, como portavoz del Consejo de Asuntos Hemisféricos en Washington, defendiendo en televisión el fin del inútil bloqueo económico de Cuba, una realidad que aún no ha sucedido, a pesar de la reanudación de las relaciones diplomáticas. entre Cuba y los Estados Unidos.

Desde mi punto de vista, Fidel fue menos nefasto de lo que dicen los que lo odian, pero también menos espectacular de lo que piensan los que lo adoran.

Indudablemente, como explicó el economista brasileño Celso Furtado, el éxito socioeconómico de Cuba en la eliminación de la pobreza extrema que todavía afecta a países latinoamericanos mucho más grandes es un ejemplo que debería inspirar vergüenza en todos los gobiernos del continente. Por otro lado, debería haber alguna forma de lograr logros similares sin un régimen estalinista.

Hoy, sin embargo, cuando me llegaron noticias de la muerte de Fidel, tengo una queja diferente: ¡nunca me envió el uniforme de guerrillero cubano que había pedido!

martes, 6 de junio de 2017

Apocalipsis

Tres cosas apuntan al apocalipsis en un futuro cercano.

En primer lugar, está el mundo de mi profesión, el periodismo (que, por  las dudas, no es lo mismo que bloguear). Ando trastornado desde fines de mayo, cuando me enteré que el New York Times ofrecerá compensación para que renuncien toda una capa de empleados editorioles. En mi propio mundillo periodístico, las cosa tampoco andan según lo planeado.

Este es el tipo de evisceración que elimina las personas invisibles que hacen posible un medio de comunicación elocuente y bien documentado. Le sucedió al Washington Post hace varios años y sólo la calamidad de Trump suspendió el verdugo, hasta cuando no se sabe. El Post no es ni jamás fue el Times, pero había días en que era una fuente fiable de información, a veces escrita decentemente. Vamos hacia una sociedad "libre" de información.

En segundo lugar, mis ojos captaron una nota de negocios en el Post, acera de los problemas que la Apple tiene con el desarrollo de la inteligencia artificial, que hizo que la proverbial manzana de Newton cayera sobre mi cabeza. ¡La inteligencia artificial explica el futuro socioeconómico!

En pocas palabras, es lo siguiente: las élites, esos que tienen en sus manos en las palancas de la sociedad y la economía han decidido diezmar la población. Piensan que hay demasiadas, luchan mucho, quieren sueldos mejores, más derechos y un montón de cosas que los humanos aunque no sean posibles (manteniendo las cosas como son). Solución: dejar que el 80 por ciento de la humanidad esencialmente se muera de hambre y que quede solo una capa obsecuente de gente de alto nivel educativo; así toda la humanidad podrá vivir de los bienes y servicios producidos por la inteligencia artificial. (Espero que yo y los míos estén entre ese privilegiado 20 por ciento, aunque no sé.)

En tercer lugar, existe el cambio climático. No requiere más explicación.

Esto puede reflejar el acercarme a mi apocalipsis personal, ya que me acerco a mi 65° cumpleaños aunque, objetivamente, no veo un futuro mejor.

viernes, 14 de abril de 2017

¿Fue un engaño la "liberación" de la mujer?

Los supuestos avances de la mujere desde la década de los 1970 ¿mejoraron las condiciones económicas generales de los asalariados estadounidenses o fue todo un astuto truco capitalista?

Me he puesto la armadura resistente a tomates podridos. La experiencia estadounidense es importante porque, guste o no, ha llevado la delantera histórica en materia de feminismo. Además la afamada segunda ola del movimiento tuvo logros sociales importantes en Estados Unidos antes que en Europa u otros países; por ejemplo, la inserción de la mujer en ámbitos universitarios en EE.UU. ha llegado al punto que hoy en día se gradúan más mujeres que hombres con títulos terciarios.

Observemos los hechos.

1. Los patrones han terminado pagando menos por asalariado desde la década de los 1970. Según un estudio reconocido de los ecnomistas Emmanuel Saéz y Thomas Piketty, en EE.UU. entre 1973 y 2006 el salario promedio disminuyó en valor real un 22 por ciento. ¿Es mera coincidencia que este es el período en el ocurrío un aumento constante y sostenido de la proporción de mujeres en la población laboral activa fuera del hogar y asimismo del porcentaje de familias de doble ingreso?

2. Las mujeres siempre trabajaron. Cualquiera que diga que no, jamás ha pasado un día con un bebé o lavando ropa, platos y limpiando la casa. No se les ha pagado directamente por su trabajo. Lo interesante es lo que revelan mediciones del uso del tiempo, un sondeo de la Oficina de Estadísticas Laborales muy respetado. El porcentaje de tiempo dedicado por mujeres a tareas relacionadas con el hogar y los niños no ha disminuido notablemente en las últimas décadas, mientras que el tiempo dedicado a esas cosas por los hombres ha disminuido.

Efectivamente a las mujeres se les han añadido responsabilidades laborales, pero todavía ganan aproximadamente 85 centavos por cada dólar que perciben los hombres en actividades pagas. La segunda ola del feminismo aumentó la competencia por el empleo, ya que, sumadas a los hombres, las mujeres aumentaron el número total de trabajadores disponibles.

¿Qué sucede en el capitalismo cuando la oferta sobrepasa la demanda? Los precios bajan. El “precio” de un trabajador individual disminuyó, dándole una ventaja a la parte patronal.

¿Quién ganó aquí? No la mujere y ni siquiera el hombres promedio.

¿Es concebible que aquellos que manejan los medios y la opinión pública hayan aceptado promover el feminismo de la segunda ola con el pleno conocimiento de que aumentaría la oferta de trabajadores? No puedo probarlo, pero si no es lo que sucedió es una coincidencia extremadamente conveniente para los ricos y poderosos.

sábado, 26 de noviembre de 2016

Fidel y Yo

Hacia mediados de abril de 1959, siendo un chico de escuela primaria, tuve un encuentro casual con un personaje que acaba de morir. Muchos años después ese personaje todavía afectaba al mundo. Sucedió más o menos así.

En esa época, mi padre cumplía una función diplomática en Washington, D.C., enviado por el gobierno del Presidente Arturo Frondizi de la Argentina.

A mi edad no se me explicaba mucho del asunto. Era, como siempre, algo que ver con economía. Mi padre me había enseñado la ley de oferta y la demanda y en un libro de historia para niños había leído algo de un tal Karl Marx y otro fulano Vladimir Lenin que habían causado revuelo en el mundo de los adultos.

Estábamos todos en medio de una Guerra Fría con la Unión Soviética, con la posibilidad de guerra nuclear. Todo eso me resultaba muy complicado, interesante y aterrador a la vez.

Años antes en Nueva York, donde nací, había creado todo un revuelo entre las monjitas de mi escuela el día en que la maestra nos preguntó qué hacían nuestros papás, como parte de una lección sobre la idea de trabajar, y yo contesté "es comunista". Mi madre me interrogó al respecto y logró sacar que yo había querido decir "economista". A mi edad las dos palabras eran muy parecidas. Mi padre no era comunista, ni de lejos.

Pero eso fue antes del episodio sobre el que escribo, que fue en 1959, meses después del triunfo de la insurrección cubana dirigida por Fidel Castro (y, curiosamente, pertrechada por nada menos que la Central Intelligency Agency de los Estados Unidos). En abril, Fidel vino a Washington por 11 días a entrevistarse con funcionarios, pero también a visitar la capital.

Entiéndase que en abril de 1959 a Fidel Castro no se le conocía como comunista. Era un héroe para casi todo el mundo. Richard Nixon, quien había debatido con Nikita Khrushev de la URSS, lo pronunció "casi ingenuo en materia ideológica" despues de entrevistarse con él.

Fidel había derrocado un dictador, de aquellos de los 1940 y 1950 en Iberoamérica. El dictador había sido uno de esos dirigentes más o menos demagogos, megalomaníacos, que censuraban la prensa y coartaban la crítica, ideológicamente eclécticos, algunos con alguna obra social y otros no. Getulio Vargas en Brasil, Juan Domingo Perón en Argentina, Marcos Pérez Jiménez de Venzuela, los tres Somoza de la dictadura dinástica de Nicaragua, Rafael Leónidas Trujillo de la República Dominicana, François Duvalier de Haití y, claro, Fulgencio Batista de Cuba.

Por esa época, mi familia estaba buscando casa y  mientras tanto hospedándonos en un hotel a donde acudían muchos diplomáticos y grupos extranjeros. Yo era un chico multilingüe que hablaba con todos y en el hotel conocí a un grupo cubano de muchachos y muchachas, que tendrían 20 y pico, me habían adoptado como mascota.

Llegó Fidel a la ciudad y ellos, entusiasmadísimos, contaban que iban a ir en la caravana de autos que acompañaría al nuevo mandatario cubano a visitar la casa de George Washington, en Mount Vernon, Virginia, como a una hora de Washington. La plantación principal de Washington es un parque nacional y es uno de los monumentos protocolares de muchas visitas oficiales.

Me contagié del entusiasmo y corrí con uno de ellos a pedir permiso a mi mamá para ir con ellos. Mi madre tuvo dudas pero la convencí. Llegado el día, me hizo poner un trajecito, me engominó el pelo hasta que no se me movía el cabello por nada y salí, en un auto de capota abierta, sentado como modelo de desfile en sobre la capota de atrás, retenido por mis amigos cubanos.

Llegamos a Mount Vernon y tras mucha vuelta y cola, me encontré frente a un hombre barbudo que me pareció altísimo. Le dije lo que mi madre me había dicho, que mis padres y abuelos le extendían la felicitación de la Argentina. Me dijo una que otra cosa que no recuerdo y me instó a que le dijera algo de lo que yo pensaba.

Y entonces salió mi pedido. "Me gustaría un uniforme como el suyo."

Sonrió, dijo a unos que estaban alrededor suyo que tomasen mis datos y me mandaran un uniforme, y yo me fui contento. Fidel Castro me mandaría un atuendo más para jugar, junto con los de cowboy y soldado de la guerra civil y beisbolista.

Mi familia no tuvo mucha ocasión de recibir el uniforme. Mientras tanto, mi padre, Cecilio Morales como yo, llegó a ser un asesor de Frondizi en la Casa Rosada. En esa posición participó, en agosto de 1961, tanto en una reunión privada con el Che, en su caracter de Ministro de Industrias de la República de Cuba, como en una más protocolar con Fidel Castro en Punta del Este, Uruguay. A mi, todavía un chico, nadie me contó que se dijo.

Años después, hacia 1990 me hallé, como vocero del Consejo de Asuntos Hemisféricos en Washington, proponiendo por televisión el cese al bloqueo económico inútil a Cuba, hecho que todavía no se ha dado, pese a la reanudación de relaciones diplomáticas entre Cuba y Estados Unidos.

Desde mi punto de vista, Fidel fue menos funesto de lo que dicen quienes lo odian pero también menos espectacular que lo que dicen quienes lo adoran.

Sin duda, como explicó el economista brasileño Celso Furtado, el éxito socioeconómico de Cuba en la eliminación de la pobreza extrema que todavía aflige a países iberoamericanos de mucha mayor envergadura, es un ejemplo que debería inspirar vergüenza en todos los gobiernos del continente que no han hallado la manera de hacerlo. Por otra parte, no hay duda que debería haber alguna manera de obtener logros semejantes sin un régimen de corte Stalinista.

Al llegarme la noticia de la muerte de Fidel, me queda otro reclamo: ¡nunca me mandó el uniforme de guerrillero cubano que había pedido!

miércoles, 23 de noviembre de 2016

Comienzan las Navidades

Mañana es Thanksgiving Day (Día de Acción de Gracias), una cena familiar que en Estados Unidos se celebra el último jueves de noviembre. En Canadá, lo celebran en octubre, porque en noviembre los canadienses están enterrados bajo nieve y no tienen de qué dar gracias.

Escribo estas líneas para mis lectores iberoamericanos, para que puedan vivir el momento sin estar acá. Ya sé que saben de la costumbre, pero una cosa es saberlo, otra es vivirla.

El primer Thanksgiving que se recuerda por tradición fue celebrado por los llamados "peregrinos" puritanos, que provenían de Inglaterra, después de su primera cosecha en el Nuevo Mundo en 1621. El banquete duró tres días, y según la versión de un testigo, Edward Winslow, asistieron unos 90 nativos americanos y 53 ingleses. Ocurrió en lo que llamaban Nueva Inglaterra, precisamente en lo que hoy es el estado de Massachusetts.

Se celebró como día de festejo ocasionalmente a partir de una proclama de George Washington en 1789. Fue declarado fiesta federal por Abraham Lincoln en 1863, el año en el que la Unión ganó la batalla decisiva de Gettysburg en julio, a un costo humano horrendo, para agradecer el favor divino a la nación que luchaba por su existencia y sus principios.

Hasta acá lo formal y conocido.

Lo que hay que tener en cuenta, especialmente mis lectores sudamericanos, es que en la mayor parte de los estados norteños, esta ya es época de guantes y abrigo, y en las zonas fronterizas con Canadá, nieve. Ayer me puse el primer sueter del otoño.

Además, país comercial que es, en la televisión la fiesta se centra en avisos, avisos, avisos sobre las gangas que se pueden obtener el llamado "Viernes Negro", que es el comienzo de otra serie de festejos en el culto a Mamón (versión dólar): la Navidad, una orgía de consumo que termina la mañana del 25 de diciembre, fecha cuyo significado en aquella antigua religión de los peregrinos nadie ni recuerda.

Al Viernes Negro se lo denomina así porque el volúmen de ventas transforma la balanza comercial de muchos negocios de roja (pérdida) a negro (ganancia), según el color de tintas utilizadas tradicionalmente por los contadores. La gente se apelotona para comprar, comprar, comprar en alabanza al Santo Dólar que está en la Tierra.

A esto se le ha agregado el Ciber Lunes, el Viernes Negro en sitios web comerciales para los que le huyen al pelotón y alaban al Señor Dólar desde la comodidad de sus computadoras (¿que digo? tabletas, celulares). Es un poco como ver la Misa por televisión.

Mientras tanto, el jueves (mañana) es el día en que se reune la familia, y digo todas las generaciones, no solo la familia nuclear, para comer pavo asado al horno.

La tradición culinaria es usar los ingredientes originarios de los indios nativos. Generalmente, se agrega salsa de arándanos (generalmente dulce y que contrasta con los sabores salados de la carne), un plato de frijoles cocidos (llamado "green bean casserole"), puré de papas, y otros.

En la mesa surgen todos los diferendos (es un poco como la cena dominical en la Argentina, donde se arman discusiones de futbol), y este año el tema será un cierto Pato Donald que se dice va a ser presidente.

En mi familia nuclear de adulto, esposa y dos hijos, íbamos a la casa de la madre a cenar con hermanas, parientes y siempre un invitado que la madre había encontrado, una oveja descarriada sin familia con la cual celebrar. Este año, con hijos mayores y ya distantes, esposa ida, y familia esencialmente muerta, iré a lo de mi compañera, con su anciana madre, a comer pollo, porque pavo es mucho para tres personas.

Tradicionalmente en la vida moderna, entre los que no cocinan antes de la cena se mira por televisión al desfile frente a Macy's, una tienda de ramos generales en el centro de Manhattan, en la que figuran notablemente los grandes globos que representan personajes de dibujos animados, Bullwinkle, por ejemplo.

Después de la cena hay otra tradición televisiva moderna, aunque no en mi caso porque a mi los deportes no me llaman la atención, el partido de futbol estadounidense entre la Marina y el Ejército.

El viernes tradicionalmente no era feriado, pero se ha ido acostumbrado darlo como puente. Cuando yo comencé a trabajar, en los 1970, todavía se trabajaba (o se tomaba como vacación, descontada del anual permitido). Hoy ya no; generalmente se les da asueto pago a los empleados.

¡Feliz Thanksgiving!

viernes, 14 de octubre de 2016

Femen fue a Rosario

Creo que para entender lo que hicieron algunas mujeres en Rosario hay que entender a Femen y sus seguidoras. Es un grupo militante europeo feminista que se distingue por preotestas de jovencitas desnudas en público.

Han protestado desnudas en la catedral de Notre Dame en París, en Ucrania y en Rusia y otros países.

Inspiradas por ellas, las integrantes de un grupo rockero ruso llamado Pussy Riot (traducido al porteño, sería "Alboroto de Conchas") dieron un "concierto" improvisado el 21 de febrero de 2012 en la Catedral de Cristo Salvador de Moscú, en el que cantaron un número titulado " Virgen María Theotokos Sálvanos de Putin".

Lo de Rosario fue una copia. Las mujeres que protestaron tirando piedras a la catedral, que fue una minoría, imitaron a Femen y Pussy Riot. Y los policías imitaron a la policía rusa, que llevó presas a Pussy Riot.

Se trata de una rebelión juvenil y anárquica frente a una sociedad autoritaria. Digo sociedad y no gobierno, porque tanto Rusia como Argentina tienen tradiciones de autoritarismo muy arraigadas en todos los aspectos de la sociedad.

Hay modales y modas que no se violan. Al igual que hay quienes añoran la dictadura (y a Rosas) en la Argentina, en Rusia hay quienes han dicho (no lo invento) "bajo Stalin esto no sucedía".

La Rusia de los zares (y Stalin fue un zar, como lo es ahora Putin) se asemeja a la Argentina de los caudillos y patrones (Perón y Rosas, ahora Macri). En ambas naciones de estepas interminables, hay convenciones rígidas que se mantienen con violencia desde la niñez.

Sorprende al visitante ver las madres argentinas que manejan a sus crías en público a bofetada limpia. En Europa occidental las pondrían presas.

Pero de ahí es que surgen las patotas, algunas uniformadas y con sueldo del gobierno. Son los valientes que van con cascos y escudos antimotines a lidiar con mujeres desarmadas en Rosario.

¿Y las mujeres que protestan? La sociedad argentina dictamina que es "falta de educación" expresar impotencia y rabia.


miércoles, 12 de octubre de 2016

La moda anti-Colón: prejuicios nutridos por mentiras

Cristóbal Colón no fue un santo y, a pesar de su nombre (que significa “portador de Cristo”), era judío converso. De hecho, el primer europeo que se constata que pisó tierra firme en el Nuevo Mundo fue abiertamente judío, se llamaba Luis de Torres e intentó hablar en hebreo con los americanos que encontró el 12 de octubre de 1492.

Si esto lo asombra es porque la propaganda histórica oscureció la realidad de lo que ocurrió aquel fatídico día y en los años que siguieron..

La versión más oida en el mundo de habla inglesa es que los españoles, crueles, perezosos y papistas, llegaron al Caribe infundidos por ansias de oro, locura por el derramamiento de sangre y la esclavización de los nativos, y un impulso insaciable de violar a las mujeres. Las repúblicas posteriores estaban condenadas al fracaso y al derrumbe, sumidas en una modorra neofeudal debido a ese mestizaje desenfadado, de cuyo ocaso los liberaría la magnánime Gran Bretaña y, más tarde, Estados Unidos; y esos anglosajones emprendedores poseían la libertad y, más aún, el deber de explotar la riqueza existente en esas por bien del continente, impulsándolos a la democracia y el libre comercio.

Esto pasa por alto varios hechos incómodos.

Uno de ellos es que la información sobre las barbaridades españolas durante la colonización inicial no fue descubierta recientemente por historadores revisionistas o, incluso, por activistas pro-nativos. Proviene de la defensa de los nativos por parte de sacerdotes católicos españoles hace unos 500 años.

En Estados Unidos, los indignados seguidores de la moda anti-Colón que se desgarran las vestiduras ante el accionar de los españoles, raramente toman nota de las atrocidades británicas contra los indios americanos, los irlandeses, los hindúes, los africanos y demás pueblos con los que se toparon al expandir su imperio. Esto incluye el primer uso constatado de la guerra bacteriológica durante la Guerra Franco-India (1754-1763), cuando los principales comandantes generales británicos de lo que ahora es el noreste de Estados Unidos pidieron, sancionaron, subsidiaron e hicieron que se llevara a cabo la distribución de mantas infectadas con viruela entre los indios. ¿Dónde estaban los clérigos protestantes de la época exigiendo que se pusiera fin a tal práctica?

Y ni hablar de la introducción del negocio basado en el secuestro de africanos para esclavizarlos en el Nuevo Mundo, una empresa totalmente británica y portuguesa. Hoy en día, todas las excolonias británicas, incluyendo Estados Unidos, tienen una fisura étnica o racial en su sociedad. ¿Por qué será?

Por supuesto, hay otra versión de la propaganda histórica, en castellano, sobre la colonización de América, que contiene otras distorsiones.

Según la historia tradicional española e íberoamericana, los valientes y devotos militares y misioneros  españoles trajeron la civilización y el cristianismo a los indios salvajes y establecieron sociedades en las que se respetaba a todos en función de su rango. Cabe destacar que en dichas sociedades la rica paleta de tintes de piel proviene de la mezcla de nativos, africanos e íberoamericanos que se dio sin asco racial. Esta gloriosa empresa fue interrumpida por la depredación de los piratas ingleses que atacaban el legítimo trafico marítimo español y por agentes foráneos que agitaron el descontento entre las élites locales.

Desde la década del '70 se agrega un capítulo revisionista, que en parte adopta lo que tradicionalmente se conocía como la “leyenda negra”, atribuida a los ingleses, sobre la colonización española. Esta versión añade que las antiguas colonias de España y Portugal se convirtieron en latifundios neofeudales gracias a una campaña británica que buscaba desarrollar un régimen neocolonial de repúblicas bananeras y serviles en Iberoamérica que, una vez el Imperio Británico se desvaneció, Estados Unidos asumió como suyas.

Los americanos de Estados Unidos progresistas que se creen supuestamente iluminados llegan al juego historicista un poco tarde, así como los hijos y nietos de inmigrantes más recientes cuyos antepasados tuvieron poco y nada que ver con la colonización. Es fácil criticar a generaciones pasadas de gente con las cuales uno no tiene la más mínima relación.

La tarea más difícil es reevaluar la historia teniendo en cuenta lo que la gente del pasado pudo haber entendido o sabido.

Por ejemplo, la palabra “genocidio” fue acuñada en 1944 por el jurista estadounidense nacido en Polonia Raphael Lemkin en su obra El régimen del Eje en la Europa Ocupada, con el significado de “matar a los de una tribu”, del griego genos (raza o etnia). Colón no habría sabido de qué se trataba semejante término.

Toda conquista a lo largo de la historia, incluso la de Siria y Ucrania del siglo 21, ha implicado siempre el uso de una violencia vil y repugnante contra la población civil, con frecuencia hacia víctimas elegidas especialmente por su etnia.

Colón no llevó a cabo una expedición científica con un picnic como broche de oro. Estaba a cargo de una empresa dirigida a obtener acceso a productos asiáticos para comercializarlas en Europa. Tenía inversores a quienes reembolsar porque, contrario a la leyenda, los Reyes Católicos no financiaron la empresa, sino que fue un consorcio encabezado por dos judíos conversos como Colón: Luis de Santángel, canciller de la casa real de España, y Gabriel Sánchez, tesorero de Aragón.

De hecho, al realizar mi pesquisa para esta entrada, hallé una explicación un tanto fantástica que añade un punto de vista adicional a las propagandas y leyendas existentes. Fue publicada el 14 de octubre de 2013 en un blog de The Times of Israel por Simja Jacobovici, director de cine y periodista canadiense-israelí.

Jacobovici señala que Colón partió del puerto de Palos el 3 de agosto de 1492, fecha que para el autor es el noveno día del mes judío de Av, “el día más triste del calendario judío, en el que tanto el Primer y Segundo Templo en Jerusalén fueron destruidos”.

Curiosamente, también fue el día en el que todos los judios de España tendrían que haberse convertido al cristianismo o irse; y junto a las naves de Colón había una verdadera flotilla que transportaba judíos emigrantes. Y además de Torres, por lo menos cuatro tripulantes más eran judíos.

Y ahí deja caer la bomba Jacobovici:
¿Por qué pensó Colón que debía tener un altavoz hebreo con él en un viaje al Nuevo Mundo? Según [el caza-Nazis] Simon Wiesenthal, en su libro Velas de Esperanza, Colón no fue en busca de la India. Más bien, su misión secreta era encontrar las tribus perdidas de Israel.
No importa si esta afirmación es certera, o no. Hay evidencia de que el retraso de la expedición en las Islas Canarias tuvo que algo ver con negociaciones con las autoridades españolas respecto a la participación de judíos en el viaje, aparte del amorío del Gran Navegante con una viuda cuya casa en Las Palmas sigue en pie (y a la cual visité).

Buscara lo que buscara, Colón halló, por puro accidente, otra cosa.

No existía un protocolo establecido por la humanidad sobre qué hacer al encontrar tierras que uno ni sabía que existían, y encima habitadas por pueblos con tecnología de guerra muy inferior a la de uno. El ejemplo a seguir, desde la historia más antigua, ofrecía un mandato claro: conquistarlos.

lunes, 4 de julio de 2016

viernes, 17 de junio de 2016

El Conventillo de la Argentina

Saltan a la vista de este observador dos hechos obvios a partir de la revelación de millones kirchneristas escondidos en un convento.

Primero, que la política mediática del Presidente Mauricio Macri es muy similar a la que fue la de la Presidenta Cristina Kirchner. Basta con ver el siguiente gráfico que ha ido circulando en los medios sociales.


Nótese el membrete "Cadena nacional Clarín", lo que esencialmente establece una equivalencia entre los discursos un tanto aburridos y de Doña Cristina, en una "cadena" que acaparaba todos los medios de radio y teledifusión para enviar el mensaje del peronismo kirchnerista.

Macri y los macristas son más vivos. Mantienen una distancia entre si mismos y las megacorporaciones mediáticas que se consideran aliadas. Y dejan que el medio transmita el mensaje de la manera más entretenida, como saben hacerlo los que viven de eso. Mucho más efectivo, especialmente para los que no desean hacer análisis crítico (que es la mayoría), que una charla llena de bernardinas de una morocha.

Es más, le agradecen no cortarles las telenovelas.

Segundo, se encubre lo que realmente sucede en el país. Otro cartelito.

He pedido a quienes pusieron esto que provean las fuentes. Pero si son fidedignas, son problemas serios. Las cifras revelan un revertir de lo que con cierta exageración y hasta la hartancia (el pecado mediático Cristinista) se llamó la "década ganada".

Claro, Cristina cometió el error de desquiciar al INDEC de tal forma que ya ni se puede fiar de cifras oficiales cuando podrían ser usadas para criticar a Macri.

Y vuelvo a insistir que, aún si Cristina se hubiese robado lo suficiente para empapelar todas las casas de Buenos Aires con billetes de $100 dólares, la incidencia en la economía sería ínfima.

Nadie parece entender la diferencia entre el producto bruto interno, que se estima en alrededor de US$540 mil millones (2014), y el gasto público de alrededor US$28 mil millones.

O sea que aún si Cristina se hubiese defalcado todo lo que supuestamente gastó el gobierno, hubiera sido una parte pequeña de la economía nacional. El robo no explica el estado de un baja en el crecimiento del PBI, ni el desempleo, ni el cierre de comercios.

Peor. Macri sigue con su plata en Panamá y Bahamas, sobre la que no paga impuestos. Y su esposa sigue empleando niños para hacer ropa que vende.

Pero la masa que consume "noticias" y abdica el derecho a pensar seguirá con el conventillo del robo y las diversas repeticiones de consignas. Nada ha cambiado.




lunes, 1 de febrero de 2016

Infantilismo Ombliguista en Zambra

Acabo de terminar Formas de Volver a Casa, de Alejandro Zambra, quien escribe acerca de una niñez más o menos acomodada bajo Pinochet y no le hallo la agudeza de Eduardo Sacheri en La Pregunta de sus Ojos sobre la época paralela bajo Videla y compañía.

Y no es cuestión de nacionalidad porque, aunque las dictaduras argentina y chilena fueron distintas, se inspiraron en los mismos lemas y ejercieron el desgobierno con los mismos fines.

Ni es una cuestión de generación: tanto Sacheri como Zambra fueron demasiado chicos para poder apreciar lo que sucedía con ojos de adulto, pero el primero logra llegar al meollo del asunto de soslayo, mientras que Zambra cae en un infantilismo ombliguista.

La idea de Zambra peca de falta de originalidad.

You Can’t Go Home Again, de Thomas Wolfe, es la novela clásica sobre el adulto joven que se enfrenta al problema universal de la niñez y la inocencia perdidas.  En esta, su novela póstuma publicada en 1940, el escritor, enmarca, en su pérdida del Edén en las décadas de 1920 y 30, el auge y quiebra de Wall Street y la respuesta nazi a la crisis del capitalismo.

En Zambra, la realidad social y política es difusa y poco obvia. Al máximo su narrador protagonista cuestiona por qué sus padres no fueron opositores. Es un niño que no comprende, que vive en las tinieblas de lo que los mayores no le cuentan y que, de narrador adulto es, un separado más que va de mujer en mujer sin saber por qué ni cómo y sin realmente amar a nadie más que a su infancia.

Es más, la técnica de Zambra de insertar en medio de su narrativa al novelista es un recurso barato y gastado, de tan escasa originalidad que no hay un ejemplo de la multitud que se destaque como modelo. Para mí es un artificio tecnico que denota el agotamiento de la literatura y del escritor. Ya no tiene nada más que agregar y empieza a hablar de su proceso “creativo”. ¡Por favor!

Zambra me recuerda a un sinfín de chilenos exiliados que conocí en Europa y Estados Unidos esos años, todos supuestamente más socialistas que Allende y mucho más “proletarios” que yo a pesar de sus quehaceres intelectuales. Y a diferencia de los argentinos, entre quienes existían los recelos individualistas y partidarios de siempre, los chilenos actuaban como una Mafia en una variedad de organismos internacionales y de producción intelectual colocando compratriotas en cuanta “pega” apareciese.

Lo de Chile tampoco fue como lo de la Argentina: una vorágine de violencia que desembocó en la barbarie. Pinochet asumió con aplomo el estado de “seguridad nacional”, que el mismísimo Don César Augusto había delineado en un artículo en la publicación castrense Estrategia en 1965.

En Chile se hizo una clásica razzia paramilitar en 1973 y 74; mataron fácilmente unos 3.000 en ese primer golpe brutal. Y de ahí se gobernó a base de un terror inspirado pero poco practicado y sin la larga secuela de decenas de miles de desaparecidos de la Argentina; para los que se resistían, se optó por el exilio interno o externo.

Claro, tanto en Chile como en Argentina, la mayoría de la población no vivió los estragos de los regímenes aparte de la censura, la proscripción política, el cierre de procesos legislativos y el temor constante a decir cosas airadas en voz alta.

Aún cuando sea probable que hayan secuestrado, torturado y muerto secretamente en la Argentina a unos 30.000 de entre una población de 26 millones, esto no representa a más del 0,1% de la población, la mayor parte concentrados en la juventud militante de clase media.

Como puntos de comparación se pueden ofrecer los 6 millones asesinados sistemáticamente en 1933-45 por el régimen de Hitler frente a los 80 millones de habitantes de Alemania en 1940, un 6,25% de la población, o de los 168 millones de soviéticos en la misma época dentro de las fronteras de 1939, los 24 millones de muertos en la Segunda Guerra Mundial, un 14,24% de habitantes.

Que haya muerto uno, que haya perecido la democracia son ambos hechos trágicos. Pero merecen novelas mejores que la de Zambra, que ni siquiera llega a ser una masturbación mental, sino que es una queja plagiada de quien no tiene qué decir.

sábado, 28 de noviembre de 2015

Nestor tenía razón: la Argentina es un país anormal

La Argentina no es todavía, en el sentido que hablaba Nestor Kirchner como meta propia, un país normal. Y eso lo demuestran estas recientes elecciones presidenciales.

Hay, si, una amago de normalidad. Uno aprende cuando uno somete sus esbozos de ensayo analítico a los medios sociales que siempre hay un detalle que resulta que la realidad es más compleja de lo que uno cree. Pero en el fondo estimo que la anormalidad está demostrada.

Propuse que este es un momento inédito en la memoria de los argentinos. Ofrecí la transición de 1916, cuando Victorino de la Plaza, del PAN, le entregó el bastón a Hipólito Yrigoyen, de la UCR.

Y dije que no había sucedido desde entonces una transición presidencial de un partido a otro opuesto sin una crisis o exigencia económica o política y sin injerencia militar, todo ordenadito como manda la Constitución, desde entonces. Resulta que Carlos Menem, del PJ, entregó el bastón presidencial a Fernando de la Rúa, del UCR, en 1999.

Ahora bien, De la Rúa no llegó a terminar su período presidencial en gran parte porque Menem le dejó la bomba a tiempo de la paridad ficticia de la moneda argentina con el dólar, que explotó en el 2001.

Es difícil creer que Menem no sabía que la bomba iba a explotar, asi como me fue siempre difícil encuadrar a Menem, un neoliberal extremo que hasta privatizó plazas públicas, en el panteón peronista.

No deja de ser cierto que en los últimos 100 años, la mitad se vivió a la sombra de golpes o amenza de golpes militares, o fraude. Y desde 1983 hubieron traspasos de partidos, todos (menos uno, de breve duración) forzados por exigencias del momento y a destiempo con el calendario constitucional.

Y me refiero a transiciones de poder normales, como de laboristas a tories en Inglaterra o de la derecha a los socialistas en Francia o del Partido Conservador (en economía neoliberal) al Partido Liberal (keynesiano) en Canadá. Algo increíblemente raro para la Argentina.

A pesar de la imprecisión de la que acepto corrección, hay un hilo común en la anormalidad argentina, una política de hegemonismos en el poder en su historia.

La Argentina fue del régimen Federal de Rosas (1829-52) al paternalismo oligárquico del Partido Nacional Autonomista (1880-1916), a un intento de gobiernos de la clase media ilustrada (1916-1930) al peronismo (1946-?), con repetidas intervenciones militares (otro poder hegemónico) entre 1930 y 1983.


¿Por qué será que es tan ingobernable la Argentina que requiere la existencia de grupos políticos que se aferran al poder indefinidamente, hasta que otro lo supera? ¿No sería mejor que hubieran alternancias de dos o tres partidos que se corrigen sus errores mútuamente?

viernes, 20 de noviembre de 2015

Clinton y los Noventa (1992-2000)

Hubo en Estados Unidos, desde mi perspectiva, tres décadas Noventa. (Aclaremos que me refiero a los 1990, dado que llegué a conocer a quienes "los Noventa" eran los 1890.) Y en esta entrega de una serie* que comencé en julio del 2014, abordaré esas tres épocas en Yanquilandia.

Transición

La primera fue la continuación de los años 80 hasta el año 1992, que fue año de elecciones presidenciales. Ese año fue también un momento de una recesión económica, que en su momento se pensó un evento estructural que auguraba una catástrofe para el país. No lo fue.

Pocas personas hoy en día recuerdan cómo se sentía en ese momento. Me acuerdo que en una salida con nuestros hijos a un partido de baseball, le dije a un amigo que se venía el gran desastre y se puso molesto. Mi amigo es republicano y católico conservador y un desastre terminaría la era reaganian. Además era constructor y la construcción es una industria muy sensible a los vaivenes económicos y no quería que su hijo se preocupara. Yo no lo dije por ideologizar el momento o jactarme de mi independencia económica (había ascendido a directivo de la empresa que terminé comprando), sino porque parecía ser la realidad económica.

La recesión terminó tan rápidamente como empezó. Todo se detuvo una semana calurosa de junio y volvió el auge en diciembre, después de que Clinton venció a Bush (padre).

Sin embargo, la recesion sacudió la confianza de lo que de llama el Heartland (o "tierra del corazón", los estados entre los Apalaches y las cadenas de montañas Rocosas, que están en el centro del país). Del amanecer reaganiano se pasaba a un grisáceo atardecer. Y es por eso que el lema para el personal de la campaña de Clinton fue "it's the economy, stupid" ("es la economía estúpido", una manera de recordarles que la gente vota con el bolsillo más que con la ideología o la religión).

Clinton ganó una victoria demócrata tradicional contra la incompetencia republicana, caracterizada por una actitud laissez faire (dejar hacer) frente a una recesión económica. Era casi lo mismo que la victoria de Franklin Roosevelt en 1932 frente a la apatía de Hoover ante la Gran Depresión. Lo de 1992 fue una recesión leve que asustó y los estadounidenses siempre han votado con sus billeteras.

Al aparecer las primeras grietas en el tinglado de reaganiano, se agrió el  jarabe de miel del Sueño Americano que Reagan le había vendido al público yanqui. De repente, la gente comenzó a darse cuenta de cambios negativos que se habían tapado.

Comenzó, por ejemplo la procupación por los "homeless" o gente sin hogar que comenzaron a aparecer como mendigos callejeros en todas las grandes ciudades por primera vez desde la Gran Depresión. (En parte, fue un fenómeno producido por el cierre, bajo Reagan, de "hogares de transición", o sea menos formales que manicomios, para gente con trastornos mentales de funcionalidad baja pero no agresivos.)

Otra pautas de la época fue la toma de conciencia de la pérdida de puestos de trabajo a las fábricas en el extranjero, en general la movida de manufactura a países con costos laborales más bajos gracias a la ausencia de sindicatos (México y Malasia fueron muy populares entre los ejecutivos de las transnacionales). ¡Adiós "Made in U.S.A."!

Finalmente, se reconoció la transformación del agro de granjas manjadas por familias, quienes perdieron sus tierras en la recesión de Reagan a comienzos de los Ochenta, a una industria manejada por empresas que poseían tierras y empleaban gente para cultivar y ciudar ganado, o lo que se terminó llamando el agribusiness, la agroempresa. La granja familia (family farm) fue por gran parte de un siglo, de los 1880 a 1980, un puntal del mito del Sueño Americano.

Ambos fenómenos crearon una enorme franja social blanca repentinamente caída de un estante socioeconómico a otro. De trabajadores industriales cuyos sueldos les permitía enviar a sus hijos a la universidad, que en Estados Unidos es paga y cara, pasaron al desempleo casi permanente o al subempleo. De dueños más o menos independientes de tierras que sus abuelos habían obtenido gracias a la expansión hacia el Oeste, pasaron a meros empleados urbanos.

Toda esa masa resentida fue cuidadosamente seducida por los republicanos, quienes nutrieron el racismo, el calvinismo capitalista fanático (ser pobre es ser haragán y por lo tanto pecador) y toda la "guerra cultural" entre conservadores y liberals en materia de costumbres sociales (cuestiones aborto, divorcio, sexualidad, etc.).

Bonanza

La segunda década de 1990 es lo que vino con Clinton, que de carambola le tocó un auge económico sin paralelo en la historia de Estados Unidos. Fue un momento de riqueza sin precedentes que Clinton, demócrata centrista, encauzó hacia un bienestar compartido.

A mi modo de ver, y de hecho hay mecanismos específicos que lo hacen así, los presidentes estadounidenses no controlan la economía, pero si tienen palancas para redistribuir riqueza, ya sea para arriba (Reagan y republicanos) o para abajo (Clinton y demócratas).

La gente, incluso la gente común, llegó a tener más dinero del que sabían que hacer con él. Un hecho notable fue la triplicación del mercado de valores en esa década. El índice más destacado, llamado el Dow-Jones Industrial Average subió de los 3.000 a los 10.000 en los 90 (ahora está alrededor de los 17.000).

La generación acunada en los 80 y que pasó por la adolescencia en los 90, hoy llamados Millenials (del fin de milenio), recuerdan esos años dorados en los que el bienestar se sentía en todas partes. La inflación bajó al 2% anual y el desempleo al 4%, ambos niveles bajísimos y casi los más bajos posibles en una economía en crecimiento.

Son una generación generosa y segura de sí mismo de sí mismas, a diferencia de sus hermanos mayores, la Generación X (1965-1980), más abatida y considerada un poco perdida por haber nacido en medio de mucha agitación social y del comienzo del estancamiento económico de la clase media.

En lo político, Estados Unidos se dividó decisivamente entre "rojos" y "azules", colores que no son ideológicos sino que provienen de una convención estética adoptada en los años 80 para los mapas electores en la televisión. Dado que el colegio electoral significa que ganar una majoría en un estado implica ganar todos los electores presidenciales, cuando se proyectaba la victoria del candidato republicano, la televisión cambiaba el color del estado de blanco a rojo, y si ganaba el demócrata el estado de blanco a azul.

Y así quedó el partidismo estadounidense que persiste hasta hoy. Los estados rojos, o conservadores y republicanos, están en el Sur y Centro Sur y el Suroeste). Nada que ver con el uso del siglo XIX del rojo por los socialistas y comunistas. El EEUU azul, o variadamente progresista y demócrata, consiste de ambas costas (con exclusión de los estados costeros del Sur), Nueva Inglaterra y los estados industriales del norte.

Popularmente, la brecha (que continúa hasta nuestros días) es una cuestión de lugar social y la cultura, en lugar de la ideología. Los estadounidenses, como he señalado, no son ideológicamente afines. Una tipología de los estratos de la sociedad estadounidense requeriría un conjunto de otras entradas.

World Wide Web

La tercera década de los 90 en Estados Unidos comenzaron con la aparición de una nueva tecnología que se había cultivado cuidadosamente en las universidades y el gobierno (pero no en el uso público generalizado) desde los años 60, la Internet.

La red se había diseñado en Unix, un sistema operativo producido por el laboratorio de la empresa monopólica de teléfonos, los Bell Labs de la AT&T. Se pensó como un sistema descentralizado por razones militares, con la idea de asegurar la supervivencia de este medio de comunicación intelectual después de una guerra nuclear. Una vez comercializada, en los 90 cuando el monopolio telefónico fue deshecho por órden judicial, la Internet comenzó la revolución que conocemos todos hoy.

La Internet y la tecnología que maximizó la productividad a niveles impensables solo años atras llevó a un auge mundial que prolongó la recuperación del bienestar en la expansión económica más larga de la historia de EE.UU.. Los estadounidenses a fines de 1990 creyeron, sin distinción de tinte político o grupo étnico, que entre la caída del comunismo y la Internet, todos los problemas habían llegado a un punto en el que todo se podría solucionar en una comunidad global capitalista. Esa idea apareció en un famoso libro The End of History (El Fin de la Historia) de Francis Fukuyama.

Era la ilusión inevitable de una década de la riqueza sin igual y un mundo de alta tecnología unipolar aparentemente con ilimitada capacidad de organizarse a nivel mundial y curar todos los males. El gobierno de EE.UU. llegó a tener excedentes fiscales proyectados hacia un futuro casi sin fin. Wall Street estaba rugiendo (dicen que en el último politburó aplaudieron cuando vieron la película homónima). Europa se unificó con una sola moneda. Incluso China hizo su apertura al capitalismo. Y una nueva tecnología nos estaba unificando a toda la raza humana junta, para siempre.

Por supuesto, hubieron presagios de que eso no iba a durar.

Por ejemplo, cuando se aprobó en 1996 la reforma de la asistencia pública a los necesitados, reduciendo los beneficios a un máximo de cinco años de por vida, se vio un indicio de falta de sensibilidad hacia los perdedores económicos.

Igualmente, los escándalos de Clinton con Monica Lewinsky produjeron una telenovela nacional. Me tomó una década darme cuenta todo aquello no era una más cortina de humo detrás de la cual se derogaron leyes que desde los años 1930 habían separado la banca, la bolsa y la industria de los seguros en compartimientos estancos. (Su eventual resultado se vio en el 2008.)

Finalmente, el fraude electoral que derrotó al demócrata Al Gore, quien ganó la mayoría de los votos pero perdió en el colegio electoral, demostró que perduraban los Darth Vaders socioeconicos y políticos del país.

La década de 1990 no terminó en el año 2000 (o 1999 como algunos pensaban). Terminaron una mañana diáfana y soleada de fines de verano el 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones de pasajeros fueron estrellados contra las torres gemelas del llamado Centro Mundial de Comercio de New York.

* Esta es otra entrega de una breve serie que intenta esbozar la historia cultural y social contemporánea de Yanquilandia, a través de como se sintió el tiempo y el lugar. Todo esto surge de un intercambio con una corresponsal francesa, que provocó pensamientos que podrían ser de interés para mis lectores hispanoparlantes.

sábado, 14 de noviembre de 2015

Poner la otra mejilla y amar ISIS

Aunque no estoy de acuerdo con violencia de cualquier tipo y deploro lo que pasó en París, esta es una lección que sospecho será ignorada. Ciertamente, el 11 de septiembre del 2001, escuché llamados a la venganza hasta del púlpito (por parte de un sacerdote irlandés), a pesar de clara enseñanza de Jesús de dar la otra mejilla y amar a nuestros enemigos.

No espero que nadie en Francia se acuerde del odio profundamente arraigado hacia los musulmanes en Francia y el maltrato de todos los árabes por los franceses. Estoy seguro de que pocos en Francia, o en otras partes de Occidente, recuerden que fue Francia la que proporcionó un importante ejemplo occidental de secuestro, tortura y asesinato sin juicio en Argelia hacia fines de la década de los 1950.

Claro, no cuentan en los ojos occidentales, porque después de todo, en la percepción europea no eran más que unos morenitos musulmanes, y no blancos pseudo-cristianos.

París, Francia fue un objetivo apropiado para musulmanes desesperados. No es algo hecho al azar. No estoy de acuerdo con lo que hicieron, pero reconozco lo hecho como lo que es.

Nadie en Occidente jamás piensa en estas cosas, tanto como nadie se pone a pensar de las décadas de depredaciones por parte de intereses petroleros occidentales al mundo árabe y musulmán. La fatwa de Osama bin Laden en 1998, sin duda una perorata pesada, no salió de la nada.

Fíjense en la tiranía de la Casa de Saud en Arabia y en los varios emiratos gobernados por príncipes que venden a su gente por recaudos del petróleo. Está el golpe de la CIA contra Mossadegh en Irán, los esfuerzos anglo-franceses contra Nasser en Egipto, la alianza de conveniencia soviético/rusa con la familia tirana Al Assad en Siria.

Y no nos olvidemos del elefante en la sala: los 2 millones de palestinos árabes muchas de cuyas familias han vivido como refugiados en su propia tierra desde 1948.

La lección es clara: hay que dar con una salida pacífica a esta situación. Hay que abrir las puertas a los refugiados y compartir nuestra abundancia con el mundo que nos ha proporcionado combustible.

Seamos líderes en el mundo, no con más guerra y dinero por el barril a las empresas que especulan con la carne de cañon, pero con la paz y la alimentos y asistencia a los que sufren en el Medio Oriente.

Sin duda, los agentes de la violencia deben abandonarla. Pero tal vez deberíamos mostrarles el camino con el ejemplo. Practiquemos lo que predicamos.

No hagamos de esto en una excusa perfecta para militarizar nuestras sociedades, destruir lo poco que queda de la democracia en Occidente y empezar la Tercera Guerra Mundial.

Empecemos, en cambio, la Primera Paz Mundial.

jueves, 29 de octubre de 2015

Cambio si, Partidismo no

En el fárrago de crítica a la gestión de Nestor y Cristina Kirchner hay supuestos problemas, olvido generalizado y una ausencia de responsabilidad ciudadana. Lo cual no quiere decir que no sea necesario un cambio.

Hay alegatos que no se han verificado, accidentes cuyo origen no está claro (lo que excluye suponer culpas) y efectos de fenómenos metereólogicos que ningún gobierno de ningún país tiene el poder de controlar (hay inundaciones en EEUU y Europa). Esto no es escepticismo racional, es mero partidismo.

Cuando se habla de "década ganada" la referencia es a la diferencia entre el pozo económico -- que parecía sin fondo, producido por la crisis argentina del 2001, producto de un fraude monetario monstruoso (y una deuda heredada de los militares) -- y la posición relativamente holgada del país en el 2011. Eso, aún teniendo en cuenta que Argentina es uno de los pocos países del mundo en toda la historia que se ha podido zafar con un cese de pagos externo y ante el cuál los libres del mundo generalmente no saben donde está.

Hay que recordar una moneda que bajó en valor un 60% de la noche a la mañana, una tasa de desempleo de dos cifras y una deuda externa impagable que en efecto hipotecaba al país hasta los nietos de los nietos. Hay que notar que la moneda es relativamente estable, que el desempleo ha disminuido y que se borró (ver buitres) gran parte de la deuda injusta e impagable. Esos son logros enormes.

Que la Argentina sigue siendo el país de los vivos donde no hay justicia ni equidad ni seguridad ni se puede creer en nadie ... eso no lo prometió cambiar nadie. Para eso hay que mirarse en el espejo y hablar de "cambiemos", pero no con una boletita de voto, sino con una transformación personal y social. Dudo que suceda.

Finalmente, concuerdo con la oposición a Cristina en particular en varios sentidos.

Primero, Cristina no es una jefa de estado idónea y no sabe hablar y llegó a la presidencia por su asociación a Nestor y escasamente mucho más.

Segundo, hay una corrupción social en la argentina notable, en la que están involucrados los kirchneristas y los macristas por igual, pero que los kirchneristas tapan porque les es inconveniente.

Tercero, el movimiento peronista es corrupto y ha dejado de representar nada más que un hábito electoral de un recuerdo de 1946 que no va ni viene; sería ideal que hubieran otros partidos con resonancia (ya ni hay partidos, nótese).

La idea de un cambio en las trenzas no suena enteramente mala, pero no confundan eso con una transformación del país.

miércoles, 21 de octubre de 2015

Cambiemos: consigna buena, fines dudosos

“Cambiemos” es una buena idea, para la mayoría de las personas, instituciones y países. Cambiemos y seamos más generosos y menos egoístas, las organizaciones menos burocráticos y más efectivas, y los países menos belicosos y más justos.

Vengo diciendo desde 1961, cuando mis padres argentinos me llevaron sin consultarme a residir en la República Argentina, que los argentinos debieran cambiar. En casi todo.

Es solo cuando esta consigna se ofrece como lema de los que desean recultar votantes para Mauricio Macri, que la cosa es distinta. Macri, sabemos, es el jefe del municipio de Buenos Aires que se ha postulado para la presidencia de la nación en las elecciones que se darán el 25 de octubre.

El “cambiemos” macrista es un cambio a lo fácil y lo hipócrita. Con un voto ya cambié ¿vieron? Voté por el anti-Cristina ... ¡mirá cómo cambié!

El hecho real es que Macri no es más ni menos demagogo que Daniel Scioli, el candidato peronista. Los argentinos no tienen buenas opciones en esta elección presidencial; excepto mudarse al Uruguay.

Más interesante sería ponerse a pensar como llevar a cabo un cambio real, una transformación de lo personal a lo nacional.

Asi,  “cambiemos” me gusta.

Cambiemos. Formemos fila en la parada del colectivo. Seamos más atentos el uno hacia el otro en el trayecto ... de la vida.

Cambiemos. Ejerzamos nuestro patriotismo en el pago de impuestos (más impuestos si uno tiene mas, menos si menos) y sin resquemor por los que teniendo mucho menos reciben asistencia pública.

Cambiemos. Lleguemos al trabajo o a la escuela a horario y para cumplir, con una sonrisa. Et cetera.

Asi si, cambiemos.

viernes, 5 de junio de 2015

Ni una menos de ahora en adelante

Hecha la protesta el 3 de junio, en Buenos Aires y otras ciudades argentinas, queda mucho por hacer para que con grupos de lucha se logren cumplir las cinco consignas fijadas. Aporto mi apoyo a ese futuro con mis vivencias de la mujer argentina y de movimientos semejantes en el exterior.

Para mi la mujer argentina es mi madre, mis abuelas, mis primas, mis maestras, mis amigas y la única noviecita que tuve antes de irme del país hace décadas, apenas terminado el colegio secundario. Veo en ellas una representación del eje Eva-María del cristianismo católico.

La Eva a la que me refiero es la bíblica, pero podría ser Eva Perón: ambas querían ser más de lo que les había tocado y ambas mordieron el fruto prohibido so pretexto que habían sido seducidas por un personaje fálico.

En contraste, María es la sumisa "esclava del Señor" de los evangelios, que acepta las puñaladas en su corazón a raíz de la vida y muerte de su hijo, para convertirse en el modelo de pacífica resignación—"bendita tu eres entre todas las mujeres"—de los rosarios y los avemarías.

Recuerdo patente ver de niño a mi madre hecha un ovillo de sufrimiento en un sofá, cayéndosele lágrimas mientras clamaba a la Virgen entre sollozos
A Ti llamamos los desterrados hijos de Eva; a Ti suspiramos, gimiendo y llorando, en este valle de lágrimas.
Era una de las tantas ocasiones en que mi padre la abusó hasta que yo, menor de edad pero con un abogado a mi lado, acudí a la justicia argentina. Y fue entonces que aprendí que "justicia argentina" es un contrasentido, como lo son los términos "ética comercial" y "música militar".

Y eso fue antes de los desaparecidos. Al igual que "Ni una menos", es un incidente más de una problemática milenaria que tenemos la enorme fortuna de ver—¡al fin!—encarada en la Argentina por quienes desean resolverla.

Claro, quedan por instrumentarse los grupos de presión, investigación y conscientización constante. Hay que hacer el seguimiento del sistema legal, la legislación y la ejecución de las leyes. Tiene que insistirse que se vote solo quienes mejor defiendan las consignas feministas, no a las figuras corruptas y demagógicas que ofrezcan lindas palabras.

Pero no es la primera vez que se erige un movimiento feminista en el mundo para obtener logros notables.

El feminismo de la segunda ola (1963-79), que tuve ocasión de observar de cerca en Estados Unidos, cobró impulso en los 1960 en parte debido a esfuerzos del Presidente Kennedy en materia salarial, pero más ampliamente gracias a un accidente histórico poco después.

Cuando el Congreso debatía Ley de Derechos Civiles en 1964, congresistas sureños que se oponían ofrecieron—como "chiste"—una enmienda que agregaba "sexo" a las características que el proyecto de ley protegería de la discriminación en el empleo, la vivienda, la jurisprudencia y todo ámbito público. Las otras, en el texto original, eran color, raza, etnia, nacionalidad y religión.

El chiste fue aceptado en serio y hoy es ley. Y en 1966 unas 29 dirigentes similares a las de Ni Una Menos fundaron la National Organization for Women (Organización Nacional de la Mujer).

A partir de entonces comenzaron grupos de conscientización en casa privadas, luego estudios académicos publicados por universidades y toda una serie de agencias asistenciales, todo amparado en la ley.

En materia de ingresos la mujer sigue cobrando solo el 81% de lo que percibe un hombre por labor similar; en 1963 era el 59%. Y desde hace varios años se gradúan más mujeres que hombres de las universidades, lo que augura un cambio mayor en un futuro no muy lejano.

Se han establecido normas en la policía y los servicios sociales para tratar con la violencia doméstica, la violación y el tráfico humano de manera que siempre hay una mujer que está entre los que responde y los que proveen auxilio.


La sociedad estadounidense no ha llegado al nivel egalitario de Suecia, pero hay toda una variedad de instituciones y leyes que hacen que ciertos logros, aún cuando hay quienes los atacan, sean casi irreversibles.

Tampoco es EE.UU. la Argentina, donde las costumbres patriarcales, incluyendo los mensajes implícitos en los géneros gramaticales, se hallan muy arraigadas. Según lo que me llega, a nivel de la ciudadanía argentina común no se ha comenzado un análisis a fondo ni adquirido un consciencia de una nueva manera de pensar y obrar.

Toma tiempo y esfuerzo, pero se puede.

Habrán traspiés (en EE.UU. hubo un intento de enmienda constitucional que falló en 1982). Habrán excesos, como me cuentan de la marcha, con algunas que decían de los hombres "hay que matarlos todos" (lo que insisto fue una expresión teatral del desahogo de la rabia suprimida).

Habrán políticos que querrán copar el feminismo para su partido, como parece haber ocurrido con la súbita aparición de numerosos cuadros peronistas llevados en ómnibus a la manifestación para entronar a Evita. (No olvidarse que la mujer es Eva y no solo María; además de todo lo que hay entremedio.)

Y habrán quienes pregunten por qué no se preocupan por la violencia de las mujeres contra los hombres (que estadísticamente no es un problema).

No se desalienten, mis queridas feministas argentinas. Hasta la victoria, no importa que sea para las nietas. Hoy se comienza.

viernes, 15 de mayo de 2015

¿Dañó la liberación?

La liberación era para romper con condicionamientos banales y antiguos
no para jodernos la vida a propósito, viejo.
¿Cuándo nos dañaron tanto?
Así escribe la poetisa ad honorem RRB un diagnóstico de la condición de la mujer—en fin, de si misma el día que escribió sus  cuatro estrofas de verso libre. Y me adhiero, me solidarizo y ofrezco mi empatía.

Ya escribí—pero en inglés y para yanquis (ver Was "Women's Liberation" a Capitalist Con?—la versión económica de la justificación de la queja.

La llamada "segunda ola" feminista* al abrir empleos no tradicionales a la mujer tuvo un efecto económico inesperado. En sencillo, los patrones dijeron: "¡Vengan mujeres, a empleos no tradicionales (pero con diferenciales de paga por sexo bien habituales), así les pagamos menos a los machos!" Negocio redondo.

Pero RRB es de la tercera ola feminista, como lo demuestran sus frases de erotismo tajante y hasta violento: "Me chupas la concha, pero me saludas con un beso en el cachete" ... "Te gusta como te toco la pija, pero no te gusta que lo haya aprendido".

Y no se queja de la plata excepto como instrumento de dominación: "Me invitas a tomar una cerveza, para que te la pague yo."

¿Y la "liberación"? ¿No era que la mujer se iba comprender a si misma, dejarse de pedir disculpas por todo (inclusive lo que no tiene nada que ver con ella) y rugir como una leona?

Resulta que, como dijera Mafalda, la mujer terminó enjuagando trapos de la historia y no jugando papeles históricos. RRB tiene de sobra para quejarse. ¿Y qué hacer, mis estimadas Vladimiras Ilich, ahora que la revolución falló?

No ha fallado.

El feminismo intenta dar vuelta una pizza que ha estado en el horno por lo menos 20 mil años. No va a cambiar de una con anchoas a lucir salame de un día al otro.

Hoy por hoy, como no lo era en 1968—año en el que militantes feministas acudieron a un concurso de belleza en Atlantic City, New Jersey, a quemar sus corpiños—hasta los compadres más machos y supuestamente despreocupados saben: la mujer no es un juguete y una sirvienta, es un ser humano con derechos además de responsabilidades.

Hay quienes dicen que hasta que el día en que sean los hombres los que menstruen y den a luz y se queden con los niños en la cueva, calladitos y dependientes de la la voluntad imperiosa de las mujeres que los escojan, no cambiará nada. Pero no lo creo.

La liberación sucedió—después de hecho el daño—en la conciencia. Falta ejercerla y hacerla respetar.

* La segunda ola del movimieno feminista corrió de 1960 y pico a 1980 y pico en EE.UU., o de los 1970-80 a 1990-2000 en el resto del mundo. Hay quienes dicen que hacia el 2010 comenzó una nueva ola. Veremos.

jueves, 30 de abril de 2015

Baltimore para Sudamericanos

A los efectos de asistir a la comprensión de lo que pasa en Baltimore, quisiera puntualizar algunos aspectos de lo que lleva a esta situación. Es mi respuesta a comentarios que denotan algunos huecos comprensibles en la perspectiva lationamerica respecto a estos eventos.

En Baltimore se enfrentan, por una parte, miembros de una comunidad afro-estadounidense (llamémoslos negros, según el uso sudamericano). Por la otra, figura la policía (llamémoslos las fuerzas de represión, se entiende, de la estructura socioeconómica eurocéntrica y capitalista).

El enfrentamiento surge de la noticia, una en una serie, de una muerte más de un negro en manos de agentes de la represión, sin proceso legal que lo justificara. (Me opongo a la pena capital, que las leyes de Estados Unidos, la permiten en muchos estados y ciertamente a nivel federal. Pero ese es otro asunto.)

¿Por qué ahora?


Porque es una en una serie de muertes que han llamado la atención, y en parte porque se ha perdido la paciencia. Porque la "era post-racial" de Obama no ha resultado serlo.

Voy a suponer que el lector entiende que los antepasados de los negros fueron secuestrados y traídos de Africa a América trabajar sin compensación como esclavos por unos 250 años, hasta 1865. Y que después los soltó a la "libertad" sin educación ni medios al capitalismo estilo "sálvese quien pueda" de 1860-1929, y al trato de la discriminación, segregación y violencia periódica, que recién fueron ilegalizadas en 1964. Finalmente, recordaré que en el 2009 tomó juramento el primer presidente de piel oscura, Barack Hussein Obama, hijo de madre blanca anglosajona y padre negro de Kenya.

La explicación específica radica en que la comunidad negra en Baltimore, como la de Ferguson, arrastra los estragos que causó la crisis económica del 2008. Esta última, no olvidemos, emanó de la especulación en torno a la deuda hipotecaria contraída en comunidades pobres, generalmente negras y de inmigrantes hispanos, gente de escasa educación financiera, mediante mecanismos esencialmente deshonestos.

En el 2009, según informes del New York Times y el Economic Policy Institute, se presentaron alegatos contra el Wells Fargo Bank que en Baltimore el banco había establecido una sección especial para esencialmente estafar a negros pobres. Esta entidad compuesta de empleados negros, se encargó de visitar iglesias negras para presentar la posibilidad de préstamos de vivienda a sus miembros.

Los presuntos prestatarios, dados sus ingresos menores, representaban préstamos de alto riesgo. El banco no había hecho, ni hizo, esfuerzos similares en la comercialización de este tipo de préstamos a través de las instituciones sociales blancas.
O sea que en la zona más afectada de Baltimore, Sandtown, que como en Ferguson es desproporcionalmente negra (los negros representan el 13 por ciento de la población de los EE.UU., mientras Sandtown es 96 por ciento negra).

En breve, es el capitalismo salvaje en su cariz racista.

¿Cómo responder desde Sudamérica?


Ofrezco tres posibilidades conjuntas.

Primero, no suponer que capítulos históricos inconclusos de explotación con contenido racista no existen en Sudamérica.

Segundo, comprender que la opresión de los negros en Estados Unidos es la misma opresión de los latinoamericanos. Y no emana de una nación o una raza, sino de un robo sistemático llamado el capitalismo.

Tercero, ejercer la solidaridad.