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lunes, 4 de julio de 2016

viernes, 20 de noviembre de 2015

Clinton y los Noventa (1992-2000)

Hubo en Estados Unidos, desde mi perspectiva, tres décadas Noventa. (Aclaremos que me refiero a los 1990, dado que llegué a conocer a quienes "los Noventa" eran los 1890.) Y en esta entrega de una serie* que comencé en julio del 2014, abordaré esas tres épocas en Yanquilandia.

Transición

La primera fue la continuación de los años 80 hasta el año 1992, que fue año de elecciones presidenciales. Ese año fue también un momento de una recesión económica, que en su momento se pensó un evento estructural que auguraba una catástrofe para el país. No lo fue.

Pocas personas hoy en día recuerdan cómo se sentía en ese momento. Me acuerdo que en una salida con nuestros hijos a un partido de baseball, le dije a un amigo que se venía el gran desastre y se puso molesto. Mi amigo es republicano y católico conservador y un desastre terminaría la era reaganian. Además era constructor y la construcción es una industria muy sensible a los vaivenes económicos y no quería que su hijo se preocupara. Yo no lo dije por ideologizar el momento o jactarme de mi independencia económica (había ascendido a directivo de la empresa que terminé comprando), sino porque parecía ser la realidad económica.

La recesión terminó tan rápidamente como empezó. Todo se detuvo una semana calurosa de junio y volvió el auge en diciembre, después de que Clinton venció a Bush (padre).

Sin embargo, la recesion sacudió la confianza de lo que de llama el Heartland (o "tierra del corazón", los estados entre los Apalaches y las cadenas de montañas Rocosas, que están en el centro del país). Del amanecer reaganiano se pasaba a un grisáceo atardecer. Y es por eso que el lema para el personal de la campaña de Clinton fue "it's the economy, stupid" ("es la economía estúpido", una manera de recordarles que la gente vota con el bolsillo más que con la ideología o la religión).

Clinton ganó una victoria demócrata tradicional contra la incompetencia republicana, caracterizada por una actitud laissez faire (dejar hacer) frente a una recesión económica. Era casi lo mismo que la victoria de Franklin Roosevelt en 1932 frente a la apatía de Hoover ante la Gran Depresión. Lo de 1992 fue una recesión leve que asustó y los estadounidenses siempre han votado con sus billeteras.

Al aparecer las primeras grietas en el tinglado de reaganiano, se agrió el  jarabe de miel del Sueño Americano que Reagan le había vendido al público yanqui. De repente, la gente comenzó a darse cuenta de cambios negativos que se habían tapado.

Comenzó, por ejemplo la procupación por los "homeless" o gente sin hogar que comenzaron a aparecer como mendigos callejeros en todas las grandes ciudades por primera vez desde la Gran Depresión. (En parte, fue un fenómeno producido por el cierre, bajo Reagan, de "hogares de transición", o sea menos formales que manicomios, para gente con trastornos mentales de funcionalidad baja pero no agresivos.)

Otra pautas de la época fue la toma de conciencia de la pérdida de puestos de trabajo a las fábricas en el extranjero, en general la movida de manufactura a países con costos laborales más bajos gracias a la ausencia de sindicatos (México y Malasia fueron muy populares entre los ejecutivos de las transnacionales). ¡Adiós "Made in U.S.A."!

Finalmente, se reconoció la transformación del agro de granjas manjadas por familias, quienes perdieron sus tierras en la recesión de Reagan a comienzos de los Ochenta, a una industria manejada por empresas que poseían tierras y empleaban gente para cultivar y ciudar ganado, o lo que se terminó llamando el agribusiness, la agroempresa. La granja familia (family farm) fue por gran parte de un siglo, de los 1880 a 1980, un puntal del mito del Sueño Americano.

Ambos fenómenos crearon una enorme franja social blanca repentinamente caída de un estante socioeconómico a otro. De trabajadores industriales cuyos sueldos les permitía enviar a sus hijos a la universidad, que en Estados Unidos es paga y cara, pasaron al desempleo casi permanente o al subempleo. De dueños más o menos independientes de tierras que sus abuelos habían obtenido gracias a la expansión hacia el Oeste, pasaron a meros empleados urbanos.

Toda esa masa resentida fue cuidadosamente seducida por los republicanos, quienes nutrieron el racismo, el calvinismo capitalista fanático (ser pobre es ser haragán y por lo tanto pecador) y toda la "guerra cultural" entre conservadores y liberals en materia de costumbres sociales (cuestiones aborto, divorcio, sexualidad, etc.).

Bonanza

La segunda década de 1990 es lo que vino con Clinton, que de carambola le tocó un auge económico sin paralelo en la historia de Estados Unidos. Fue un momento de riqueza sin precedentes que Clinton, demócrata centrista, encauzó hacia un bienestar compartido.

A mi modo de ver, y de hecho hay mecanismos específicos que lo hacen así, los presidentes estadounidenses no controlan la economía, pero si tienen palancas para redistribuir riqueza, ya sea para arriba (Reagan y republicanos) o para abajo (Clinton y demócratas).

La gente, incluso la gente común, llegó a tener más dinero del que sabían que hacer con él. Un hecho notable fue la triplicación del mercado de valores en esa década. El índice más destacado, llamado el Dow-Jones Industrial Average subió de los 3.000 a los 10.000 en los 90 (ahora está alrededor de los 17.000).

La generación acunada en los 80 y que pasó por la adolescencia en los 90, hoy llamados Millenials (del fin de milenio), recuerdan esos años dorados en los que el bienestar se sentía en todas partes. La inflación bajó al 2% anual y el desempleo al 4%, ambos niveles bajísimos y casi los más bajos posibles en una economía en crecimiento.

Son una generación generosa y segura de sí mismo de sí mismas, a diferencia de sus hermanos mayores, la Generación X (1965-1980), más abatida y considerada un poco perdida por haber nacido en medio de mucha agitación social y del comienzo del estancamiento económico de la clase media.

En lo político, Estados Unidos se dividó decisivamente entre "rojos" y "azules", colores que no son ideológicos sino que provienen de una convención estética adoptada en los años 80 para los mapas electores en la televisión. Dado que el colegio electoral significa que ganar una majoría en un estado implica ganar todos los electores presidenciales, cuando se proyectaba la victoria del candidato republicano, la televisión cambiaba el color del estado de blanco a rojo, y si ganaba el demócrata el estado de blanco a azul.

Y así quedó el partidismo estadounidense que persiste hasta hoy. Los estados rojos, o conservadores y republicanos, están en el Sur y Centro Sur y el Suroeste). Nada que ver con el uso del siglo XIX del rojo por los socialistas y comunistas. El EEUU azul, o variadamente progresista y demócrata, consiste de ambas costas (con exclusión de los estados costeros del Sur), Nueva Inglaterra y los estados industriales del norte.

Popularmente, la brecha (que continúa hasta nuestros días) es una cuestión de lugar social y la cultura, en lugar de la ideología. Los estadounidenses, como he señalado, no son ideológicamente afines. Una tipología de los estratos de la sociedad estadounidense requeriría un conjunto de otras entradas.

World Wide Web

La tercera década de los 90 en Estados Unidos comenzaron con la aparición de una nueva tecnología que se había cultivado cuidadosamente en las universidades y el gobierno (pero no en el uso público generalizado) desde los años 60, la Internet.

La red se había diseñado en Unix, un sistema operativo producido por el laboratorio de la empresa monopólica de teléfonos, los Bell Labs de la AT&T. Se pensó como un sistema descentralizado por razones militares, con la idea de asegurar la supervivencia de este medio de comunicación intelectual después de una guerra nuclear. Una vez comercializada, en los 90 cuando el monopolio telefónico fue deshecho por órden judicial, la Internet comenzó la revolución que conocemos todos hoy.

La Internet y la tecnología que maximizó la productividad a niveles impensables solo años atras llevó a un auge mundial que prolongó la recuperación del bienestar en la expansión económica más larga de la historia de EE.UU.. Los estadounidenses a fines de 1990 creyeron, sin distinción de tinte político o grupo étnico, que entre la caída del comunismo y la Internet, todos los problemas habían llegado a un punto en el que todo se podría solucionar en una comunidad global capitalista. Esa idea apareció en un famoso libro The End of History (El Fin de la Historia) de Francis Fukuyama.

Era la ilusión inevitable de una década de la riqueza sin igual y un mundo de alta tecnología unipolar aparentemente con ilimitada capacidad de organizarse a nivel mundial y curar todos los males. El gobierno de EE.UU. llegó a tener excedentes fiscales proyectados hacia un futuro casi sin fin. Wall Street estaba rugiendo (dicen que en el último politburó aplaudieron cuando vieron la película homónima). Europa se unificó con una sola moneda. Incluso China hizo su apertura al capitalismo. Y una nueva tecnología nos estaba unificando a toda la raza humana junta, para siempre.

Por supuesto, hubieron presagios de que eso no iba a durar.

Por ejemplo, cuando se aprobó en 1996 la reforma de la asistencia pública a los necesitados, reduciendo los beneficios a un máximo de cinco años de por vida, se vio un indicio de falta de sensibilidad hacia los perdedores económicos.

Igualmente, los escándalos de Clinton con Monica Lewinsky produjeron una telenovela nacional. Me tomó una década darme cuenta todo aquello no era una más cortina de humo detrás de la cual se derogaron leyes que desde los años 1930 habían separado la banca, la bolsa y la industria de los seguros en compartimientos estancos. (Su eventual resultado se vio en el 2008.)

Finalmente, el fraude electoral que derrotó al demócrata Al Gore, quien ganó la mayoría de los votos pero perdió en el colegio electoral, demostró que perduraban los Darth Vaders socioeconicos y políticos del país.

La década de 1990 no terminó en el año 2000 (o 1999 como algunos pensaban). Terminaron una mañana diáfana y soleada de fines de verano el 11 de septiembre de 2001, cuando dos aviones de pasajeros fueron estrellados contra las torres gemelas del llamado Centro Mundial de Comercio de New York.

* Esta es otra entrega de una breve serie que intenta esbozar la historia cultural y social contemporánea de Yanquilandia, a través de como se sintió el tiempo y el lugar. Todo esto surge de un intercambio con una corresponsal francesa, que provocó pensamientos que podrían ser de interés para mis lectores hispanoparlantes.

viernes, 1 de agosto de 2014

El Amanecer Reaganiano (1981-1992)

La derrota y el abandono decisivo de los valores del gran movimiento pro paz, derechos civiles y liberalización sexual de los años 1960 y 1970 sucedió en torno a la elección presidencial en 1980 de Ronald Reagan, en un movimiento semejante al de Margaret Thatcher en 1979, elección que ví de cerca el tiempo que viví en Londres.

Al igual que Thatcher sacudió a los laboristas, Reagan fue un golpe inesperado para los "liberals" de centro o centroizquierda en Estados Unidos. Cuando los republicanos nombraon candidato a Reagan, yo estaba convencido de que habían asegurado la reelección de Carter.

Por lo general, los presidentes estadounidenses, elegidos por cuatro años, son reelegidos y cumplen un mandato de ocho años. Hasta Carter, sólo nueve de los 37 presidentes anteriores, habían estado en el poder menos un solo mandato de cuatro años. Uno de ellos fue el predecesor de Carter, Gerald Ford, que fue designado por Nixon y no elegido. Antes de Ford, estaba Herbert Hoover, que no logró ser reelegido en 1932, pero eso en medio de la Gran Depresión, de la cual se culpó (con cierta razón) a su partido.

Nada ni remotamente parecido a la Depresión había sucedido bajo Carter. ¿Por qué se terminó negándosele un segundo mandato y se le dio la Casa Blanca a un actor mediocre que había gobernado California medianamente?

En parte, se puede atribuir la victoria de Reagan a una táctica que Lyndon Johnson predijo a sus íntimos cuando firmó la Ley de Derechos Civiles. "Les hemos entregado el Sur a los republicanos", dijo Johnson. Y en efecto, los republicanos adoptaron lo que llegó a denominarse "la estrategia sureña", la táctica de aprovechar el resentimiento de los blancos del sur por los avances de los afro-americanos.

Pero también podría llamarse la venganza de Goldwater. Sólo más tarde, cuando estudié los curriculums de la gente reaganiana clave, se me hizo evidente que, de la paliza electoral a Barry Goldwater en 1964 había quedado toda una falange de personas de más o menos mi generación que se convirtieron en agentes políticos republicanos. Por lo bajo establecieron un movimiento neo-conservador con el apoyo de una red de ejecutivos y millonarios (hoy diríamos billonarios), todo dedicado esencialmente a revertir las reformas.

Hay que entender que los neoconservadores republicanos se desplegaron desde un principio en dos alas significativas. Unos deseaban revertir los cambios sociales en cuanto a la moralidad sexual (la legalización del aborto, por ejemplo), el lugar de la mujer y, de soslayo (todavía no se animan a decirlo en voz alta), el asunto racial. Estos son los conservadores sociales. Otros deseaban revertir la sociedad civil a lo que era antes de 1932, cuando no había asistencia económica pública alguna, ni muchos trabajadores en sindicatos, la especulación bursátil y bancaria estaba libre de controles legales y los impuestos eran bajísimos. Estos son los conservadores económicos.

Este movimiento cortejó a los fundamentalistas cristianos desencantados con Carter. También contaron con católicos conservadores que veían como "herejías" tanto al "espíritu" del Segundo Concilio Vaticano como al rechazo masivo de la prohibición papal de la píldora anticonceptiva; aspiraban a un regreso a la "ortodoxia" social de los 1950 (sin recordar la discriminación hacia los católicos de aquella época).

Habían votantes que provenian de algunos sectores militares que, apesar de la tradición castrense de neutralidad partidaria absoluta, se sentían traicionado por políticos demócratas durante y después de Vietnam. Y a estos se añadieron los trabajadores industriales blancos y "ethnics" (blancos no-anglosajones), resentidos de perder su preeminencia laboral y económica ante afroamericanos y las mujeres. En conjunto estos eran los que el vicepresidente de Nixon, Spiro Agnew, había denominado "la mayoría silenciosa".

De ahí vino lo que en el momento se llamó la Revolución de Reagan, que fue en realidad una reacción termidoriana.

Los partidarios de Reagan fueron propagandístas muy efectivos. Transformaron una victoria electoral del 50,8% de los votos para Reagan en un "terremoto político". Usaron los votos del colegio electoral, que otorga todos los electores de un estado al candidato que obtiene la mayoría en el estado, para alegar que Reagan "ganó" 44 estados. Se las arreglaron también para conseguir que un hombre ya mayor que al máximo sabía leer un guión se convirtiera en "el gran comunicador".

No voy a recitar toda la presidencia de Reagan, pero resumiendo diría que Reagan intentó, y en muchos casos logró, revertir las políticas socioeconómicas de los 20 años anteriores.

Algunas cosas no podían ser abiertamente invertidos. La segregación legal e institucional no iba a volver, pero Reagan pudo erosionar el poder de los sindicatos, las minorías y las mujeres. Significativamente, puso en marcha una vasta redistribución de recursos que favoreció a los más ricos.

En particular, para frenar la inflación, que afecta más a los que poseen capitales, Reagan impuso políticas fiscales que desencadenaron una recesión económica que llevó una tasa de desempleo del 10 por ciento en 1982, altísima en Estados Unidos. La recesión también ayudó para imponer disciplina al mercado laboral y comenzar el enorme declive de la clase media. Todo este despliegue plutocrático se tapó con la propaganda conservadora de carácter social.

A los efectos sociales y culturales, la contrarrevolución convirtió a los eslóganes neo-conservadores en valores socialmente aceptados. De la noche a la mañana el empresario se convirtió en héroe, el afan de dinero en virtud, la familia nuclear en una institución sagrada de salvaguardia contra el feminismo, la homosexualidad y el amor libre. Dios, o decirse creyente, estuvo de moda de nuevo, hecho que tomó en cuenta una revista insulsa cuya carátula proclamó "God is Back!" (Dios ha vuelto).

Ahora bien, fuera de las grandes ciudades y los estados del norte y de la dos costas, los valores tradicionales de la llamada "ética protestante" (trabajo duro, frugalidad, integridad de la familia y puritanismo corporal) nunca había desaparecido de Estados Unidos. Durante los años 60 y 70, sin embargo, la juventud, demograficamente una pluralidad enorme, y los intelectuales habían hecho parecer como que toda la sociedad había cambiado.

Más significativo social y culturalmente que las políticas de Reagan, fue la auto-percepción de sectores a quienes Agnew había llamado "silenciosos": dejaron de estar en silencio.

Una vez más, por ejemplo, se podía oír la palabra "nigger" (una versión intraduciblemente muy insultante de la vieja palabra negro, que en inglés se pronunciaba "nigro" hasta que se la reemplazó con el vocablo más aceptado "black"). "Nigger" fue utilizado por Randy Newman, por ejemplo, en una canción satírica sobre "rednecks" (o pajueranos blancos del Sur); y aunque Newman no tuvo la intención de insultar, todo lo contrario (era una sátira que se mofaba de los que todavía usaban ese término), era de soslayo un signo del cambio: este tipo de broma se podía cantar en la radio.

Escuché la palabra un mañana en 1988, utilizado por un hombre blanco de clase media alta, parado en la puerta de su elegante casa en los suburbios de Bethesda. Le dirigía la palabra con enojo a una afroamericana, la cartera que accidentalmente había dejado caer el correo a sus pies, en lugar de entregarlos en la mano. Fue espantoso escucharlo y me quedó grabado.

Algo semejante ocurrió con "girl" en lugar de "woman" o "young woman". Girl (chica) se estilaba para toda mujer hasta que el movimiento feminista apuntó, con razón, que era una manera sutil de infantilizar y menoscabar a las mujeres. Era uno de muchos términos (mailman pasó a ser mail carrier) que el feminismo había logrado comenzar a cambiar para establecer un vocabulario menos prejuicioso.

Los hippies fueron ridiculizados, asi como el libertinaje sexual (que disminuyó con la aparición del SIDA) y las drogas recreativas. Curiosamente, en el mundo de las finanzas cundió la cocaína, un estimulante cuyo efecto de frenetismo empalma con ética protestante del trabajo; un corredor de bolsa cocainómano es muy, pero muy, eficiente ... hasta que el efecto se desvanece.

Cundieron asimismo las ideas de que todo gobierno era ineficiente por naturaleza, todo sindicato compuesto de meros matones estafadores y todo programa educativo moderno un bodrio de novelistas afroamericanos y poetisas lesbianas. Volvió a hablarse de los cánones literarios e intelectuales tradicionales eurocéntricos (tambien llamados de "hombres blancos muertos").

El aviso televisivo de la campaña de Reagan de 1984, para su reelección ofrece un artefacto sociocultural notable sobre esta época con su afamada frase, "Ha amanecido en [Estados Unidos] de nuevo ..." (http://youtu.be/EU-IBF8nwSY). Merece verse para entender.

Dejando de lado la desinformación retórica, la publicidad de Reagan es un retrato perfectamente orwelliano de la inversión social y cultural que los reaganianos lograron imponer en Estados Unidos. Y hay que fijarse en las imágenes del país que propone: rostros blancos, suburbios de clase media, un coche-estanciera y una boda. En el mundo de ese aviso todo es tradicional, como si los hippies, el movimiento contra la guerra de Vietnam y la lucha de los afroamericanos por sus derechos esenciales jamás hubieran existido.

La próxima entrega, la década de 1990.

lunes, 14 de julio de 2014

La Era del Disco (1974-81)

Los años 70 en Estados Unidos comenzaron a partir de la retirada de EE.UU. de Vietnam en 1973 (cuando liberaron a los prisioneros, quienes querían saber el desenlace, se les dijo "ellos no ganaron y nosotros no perdimos") y el escándalo de Watergate que culminó la renuncia de Nixon en agosto de 1974.

Ambos fueron hechos políticos de amplia repercusión socio-cultural, en particular porque eliminaron las dos causas que quedaban de la agitación de la era de los 60.

Las leyes contra la discriminación comenzaron a integrar el color del mundo laboral y universitario. Las mujeres comnezaron a graduarse de las universidades en números nunca vistos antes y hacia 1979 se convertirían en una parte funcional permanente de la fuerza de trabajo (en esta década han llegado en algunos momentos a ser mayoría de la fuerza laboral). Los "gays" salieron del armario y una banda popular Village People hizo a la gente bailar a letras con mensajes claramente egalitarios en materia de orientación sexual.

Además, los Baby Boomers comenzaron la vida adulta, dejando atrás la adolescencia para casarse y ganar dinero. Y así comenzó una época frívola acompañado por un ritmo musical llamado Disco y el vuelco hacia el uso generalizado de la cocaína.

Esta droga, a diferencia de las sustancias alucinógenas recreativas de los 60, induce a un aparente aumento en la concentración mental y la actividad frenética. Era la droga que engranaba con el nuevo afán materialista de los algunos Boomers y sus indulgencias de adultos. La quintaesencia de los Setenta (the Seventies) es la imagen de profesionales jóvenes urbanos (YUPpies= young urban professionals) sorbiendo por sus narices el polvo de cocaína con embudos de papel moneda de US$100. Al menos, esa sería la escena cinemática: de hippies a yuppies.

Pero la vida no es Hollywood, y muchos otros Boomers, una vez casados y con hijos, se enfrentaron al problema de la transmisión de valores y se dió un renacimiento de la religión tradicional. Este fue el espíritu de la época de Jimmy Carter.

La característica esencial de este político excepcionalmente honesto que llegó a la Casa Blanca en 1977, era su fe religiosa auténtica. Carter era un protestante "born again" ("nacido de nuevo" por el versículo en Juan 3:3), afiliado a la Iglesia Bautista. En esa época habrían unos 70 millones de protestantes afiliados a una iglesia u otra; de ellos 13 millones eran Bautistas, transformando al la Bautista en la segunda iglesia más grande de los Estados Unidos, después de la católica, con 48 millones. Después de Nixon, apodado Tricky Dick (Dick Engañoso), los estadounidenses querían un dirigente en el que podían creer y confiar.

Una corriente subterránea invisible en su momento (excepto durante un breve escaseo de petróleo) fue la disminución de la preeminencia económica de Estados Unidos frente a Europa y el Japón. Hoy en día es un lugar común entre economistas hacer notar que el bienestar general comenzó a frenarse en 1973, cuando el ingreso familiar mediano se estancó después de haberse doblado en términos reales de 1945 a 1965. Ahora todo el mundo repite como loro a Piketty, que repite como loro a Saez. Pero no en ese entonces.

El único síntoma visible en esa época del futuro deterioro fue la aparición de toda una gama de autos japoneses y europeos y de toda una gama de bienes de consumo importados. Antes todo había sido "Made in U.S.A." y las porquerías eran imitaciones japonesas; desde entonces, la cosa cambió.


Robert Reich ha ofrecido quizás la mejor y más irónica explicación de la entrada masiva de los autos japoneses al mercado americano. Según él, y una vez que lo leí me pareció obvio, fue uno de esas consecuencias impensadas de la política exterior, es este caso la guerra de Vietnam. Esa guerra introdujo un tráfico transpacífico de buques portacontenedores en volúmenes que no había existido antes. (Este volumen es clásico de los movimientos militares estadounidenses. Para la invasión de Normandía, Estados Unidos construyó muelles flotantes para evitar tener que capturar Cherbourg. Sólo EE.UU. tenía los recursos para hacer algo así: "¿No hay puerto? Lo hacemos y lo llevamos puesto".)

Frente al gasto de combustible que significaba volver con buques vacíos, las compañías navieras empezaron a buscar negocio en Filipinas y Japón para llenar los barcos y cobrar por el viaje de vuelta. Las empresas automovilísticas japonesas aprovecharon la oferta y construyeron autos diseñados para caber en los buques y poder vender el mayor número de unidades en EE.UU. Y así nació el coche extranjero pequeño en EE.UU. Hoy, en Washington, manejo mi Mercedes en un mar de autos alemanes y japoneses -- y unos pocos coches fabricados en Detroit.

Esta competencia comercial, que se produjo en una variedad de otros ramos (la industria textil, hasta entonces altamente sindicalizada, fue destruida por las importaciones asiáticas) estimuló asimimo el traslado de fábricas estadounidenses al extranjero.

Esto tuvo dos tipos de consecuencias enormes. Por una parte, y de manera inmediata, enriqueció a accionistas y ejecutivos gracias a la reducción del costo laboral para las empresas. A largo plazo llevó a una feroz destrucción de todo un estrato de la gran clase media, el trabajador industrial (hay que notar que un trabajador de fábrica sindicalizado podía aspirar a enviar a sus hijos a la universidad, que es carísima en EE.UU.). Comenzó a deshilacharse una parte importante del tejido social estadounidense y pocos tomaban conciencia de ello.


* Esta es otra entrega de una breve serie que intenta esbozar la historia cultural y social contemporánea de Yanquilandia. Pretendo presentar como se sintió el tiempo y el lugar, y solo en segundo plano la historia cuyo primer borrador apareció en los diarios. Todo esto surge de un intercambio con una corresponsal francesa que pensé podría ser de interés para mis lectores hispanoparlantes.

domingo, 6 de julio de 2014

Revolución (1963-74)

Los países del Nuevo Mundo prosperaron a partir de la Segunda Guerra Mundial gracias a que nunca fueron atacados en el continente. En esta entrada* veremos como en los años sesenta en Estados Unidos, se comenzó a sentir desde las bases una nueva corriente cultural, social y política de la primera generación de posguerra.

Esa década que en Estados Unidos todavía se recuerda como simplemente "the Sixties" (los Sesenta) comenzó con tres puntos de partida simbólicos.

En agosto de 1963, a fines del verano, se llevó a cabo una marcha por los derechos civiles de los afro-americanos sobre Washington encabezada por Martin Luther King, Jr. En noviembre se dio el asesinato de Kennedy. Y en febrero de 1964 apareció por televisión un grupo musical de ingleses peludos llamados The Beatles.

La muerte de John F. Kennedy, quien por un tiempo fue casi un santo y mártir informal (hasta que se conociera su desmedida sexualidad), era lo que necesitaba el ala "liberal" (en el sentido yanqui y no europeo) del Partido Demócrata en términos pragmáticos para llevar a cabo todo tipo de reformas. Para "honrar la memoria de Kennedy," el genio político que fue Lyndon Johnson, un sureño, logró la aprobación de una amplia gama de legislación de peso socioeconómico.

Su primer triunfo fue la Ley de Derechos Civiles de 1964, que sigue siendo la base de todas las protecciones y garantías de igualdad de derechos de las minorías y la mujer. En cuanto a la mujer, los sureños añadieron "sexo" como una broma, a la prohibición de discriminación por "color, credo u origen nacional", y los liberales aceptaron, sabiendo que aquellos habían cometido un error táctico.

Johnson también lanzó, el año siguiente, cuando ganó por un margen abrumador nunca visto de nuevo, la "Guerra contra la Pobreza"; en menos de diez años se redujo la pobreza del 19% al 11% (hoy día es el 15%, de lo cual trataremos más adelante). LBJ legó asimismo una muy amplia legislación socioeconómica, por ejemplo el seguro médico federal para los ancianos y los pobres, la asistencia para familias y niños necesitados, una expansión del acceso a cupones de alimentos, subsidios a la vivienda, etc.

La desventaja para los liberales (que en EE.UU. no son los liberales europeos pro mano libre al mercado y la empresa, sino reformistas en favor de una mano sustancial del gobierno en la economía), y una de la que el Partido Demócrata no se ha recuperado, es que el Sur se volvió republicano cuando los demócratas acabaron con la segregación racial. Nixon en 1968 lo llamó "la estrategia sureña". En esto hay que entender un poco de historia.**

En lo económico, fue un momento de enorme prosperidad. El salario medio se duplicó entre 1945 y 1965. Los afro-americanos entraron a los niveles de trabajo de supervisión y profesional. A finales de 1970 las mujeres se unirían a ellos (y los sobrepasarían).

Había también una música nueva, comenzando por el estilo dionisíaco del rock que rompió con la mesura apolínea de la música popular anterior. Al rock se agregó el redescubrimiento de la música folklórica anglosajona, que tradicionalmente había sido una manera de expresar la protesta y las quejas populares. Se dejó de cantar tanto sobre el amor romántico y en su lugar Joan Baez, Judy Collins, Joni Mitchell, Bob Dylan, Leonard Cohen y Peter, Paul and Mary, entre otros, cantaban de los derechos, de la paz, de la humanidad y, en fin, como dijera el Che, de un amor más profundo.

El tema importante del momento era la libertad. ¿Por qué más libertad? Viéndolo medio siglo después, diría que la prosperidad volvió a la sociedad más expansiva y tolerante. Había protestas (y lo digo en el sentido amplio del Latín protestare, que es "dar testimonio") de amor, de integración racial y de paz. Y todo surgía de la convicción de que había llegado el momento de compartir lo más ampliamente posible la prosperidad, el bienestar, la felicidad (expresada frecuentemente como sexualidad). Comenzó con la marcha en Washington cantando "We Shall Overcome" llegó a su clímax en Woodstock  con la canción de Country Joe & the Fish contra la guerra de Vietnam.

Me fui de Estados Unidos en 1961 y volví en 1970. Dejé un país que se pensaba esencialmente blanco, protestante, anglosajón, ordenadito y cuyo pueblo tenía escaso interés en el mundo. Regresé a un país donde la gente bebía vino con sus comidas, había estado en Europa o planeaba hacerlo aunque fuera de mochilero, había experimentado con alguna droga recreativa y estaba abierta (en teoría al menos) a la variedad sexual.

Esa fue mi generación, metida en "el movimiento", que era una conjunción difusa, con una pizca de hippie, otro poco de izquierdismo y anarquismo estilizado, una tendencia general a aceptar cambios radicales hacia un nuevo país en el que lo importante era amar un amor grande hacia todos.

Pusimos en marcha una revolución cultural que expandió la oportunidad laboral para los afro-americanos y los otros grupos minoritarios, como los hispanos, y esa mayoría oprimida, la mujer. Y se hizo a traves de cambios en la forma de pensar, vestir y hablar; y sin violencia.

Lo demuestra especialmente lo que ahora se llama "segunda ola" del feminismo, que comenzó con la publicación de una antología Sisterhood Is Powerful: An Anthology of Writings from the Women 's Liberation Movement en el año 1970, la aparición de la revista Ms. y la canción I Am Woman en 1973. Desaparecieron del léxico común tanto la palabra servil "boy" (niño) para los trabajadores negros después de los disturbios de 1964, 1967 y 1968, como el término "girl" (niña) para una mujer.

Finalmente está la cuestión de la vestimenta y el pelo largo de los varones. El consenso de todos con los que he conversado es que hasta 1968 el corte de pelo de los Beatles era sólo para los músicos y unos pocos aventureros que fueron los hippies reales de 1967. Sin embargo, hacia 1971 o 1972, incluso los adultos, como el candidato presidencial George McGovern, tenían patillas y ningún varón menor de 30 años tenía cabello que no le llegara por lo menos a la parte inferior del cuello.

Se opusieron ese movimiento amorfo los adultos, las corporaciones y los poderes de hecho, es decir, todos los que se se sentían amenazados.

A diferencia de Europa, los blancos de clase trabajadora resistieron los cambios y se resintieron por la competencia en el empleo y la vivienda con los negros, a quienes podían odiar; era como quien vuelve a casa y patea al perro por no poder patear al jefe. Un truco histórico muy hábil de la capa dirigente fue utilizar los odios étnicos para dividir a los trabajadores.

De esa generación también eran los que habían ido a la Segunda Guerra Mundial y a Corea, cuyos hijos gritaban contra ir a Vietnam "Hell no, we won't go!" (Al infierno con eso, no vamos a ir!). Eran los que se habían casado por iglesia, tenido hijos y cargado con familia, que ahora veían a sus vástagos juntarse a vivir el amor libre posible gracias a los anticonceptivos y el aborto legalizado en 1970. Eran las que se sentían burladas por ser meras amas de casa y no trabajadoras o profesionales. Eran los ridiculizados por ser "cuadrados" e "idiotas útiles" del "sistema". Como fuerza política, toda esta gente que añoraba por los Estados Unidos de "antes" (1950s) se volvió invisible después de la derrota de Barry Goldwater en la elección presidencial de 1964, apareció brevemente con el vicepresidente de Nixon, Spiro Agnew, quien acuñó la frase "la mayoría silenciosa", y sólo volvió a surgir para la revancha en 1980, como veremos.

Notablemente, esta era terminó con otra presidencia truncada, la de Nixon, que culminó en su renuncia en 1974 a causa del escándalo de Watergate.


* Esta es otra entrega de una breve serie que intenta esbozar la historia cultural y social contemporánea de Yanquilandia. Pretendo presentar como se sintió el tiempo y el lugar, y solo en segundo plano la historia cuyo primer borrador apareció en los diarios. Todo esto surge de un intercambio con una corresponsal francesa que pensé podría ser de interés para mis lectores hispanoparlantes.

** El Partido Demócrata fue fundado por Thomas Jefferson en 1792 y el Partido Republicano en 1854 por Abraham Lincoln. Recuérdese que los partidos políticos en Estados Unidos no representan ideologías distintas; la política es una cuestión de intereses y opiniones, no teorías políticas. Desde la Guerra Civil, los republicanos representaban los intereses industriales anti-esclavistas (más barato un sueldo que ocuparse de un esclavo toda la vida). El Sur se convertió en Demócrata acérrimo porque les era intragable a los blancos votar por "el partido de Lincoln" (y a los ex-esclavos se les negó el voto con estratagemas suprimidas en 1965 que en la actualidad se intentan revivir). En la década de 1930, Franklin Delano Roosevelt, que fue un dirigente personalista casi del tipo de Juan Perón o Getulio Vargas, forjó una coalición única que comprendía: los sindicatos, los "ethnics" (los blancos que no eran de origen inglés), negros (en la medida en que se les permitió votar, o sea que no en el Sur), los liberales (que incluyen a la minúscula izquierda y a los intelectuales) y los sureños por las razones históricas citadas. Así es como FDR se convirtió en el único presidente elegido cuatro veces (lo que llevó a una enmienda constitucional, propuesta por los republicanos, para limitar la presidencia a dos mandatos). Esa coalición fue herida mortalmente en la década de 1960, como quedó claro en 1980.

viernes, 4 de julio de 2014

Kennedy y Juan XXIII abrieron puertas (1960-63)

Hasta noviembre de 1960 jamás se había elegido presidente de Estados Unidos a un católico. Al Smith, católico de origen irlandés lo había intentado en 1928 y perdió debido al prejuicio anti-católico de la mayoría protestante blanca. Al significado de esta reversión dedico esta entrega de la serie.*

La separación en los Estados Unidos de la iglesia y el estado, puesta en la constitución hace 200 años por protestantes que temían a Roma tanto como si mismos, había sido la excusa para no tener relaciones diplomáticas con el Estado Vaticano (relaciones que se establecieron recién en 1983, bajo Reagan, un presbiteriano que había sido bautizado católico).

Hay que haberlo vivido para entenderlo.

El mundo católico estadounidense en 1960 era esencialmente un castillo social, con sus murallas de protección social para el 24% de habitantes que profesaban la fe. Era una sociedad paralela, encerrada en sí misma, gobernada por clérigos (que en su mayoría eran de origen irlandés y tenían sus propios prejuicios étnicos feroces).

Ese pequeño país dentro de un país, que había sido labrado a partir de la década de los 1840, cuando los irlandeses vinieron masivamente huyendo de la hambruna de la patata, y a través de las diferentes oleadas de inmigrantes católicos posteriores europeos: polacos, italianos, alemanes, checos y eslavos varios.

Un católico yanqui de 1960 era católico en serio. Iba a misa todos los domingos, no comía carne los viernes y formaba parte de familias enormes. Iba a una escuela católica, ya sea parroquial o privada. Si era trabajador, se unía a un sindicato en el que sus coreligionarios eran miembros con el apoyo activo del clero en las huelgas. Los irlandeses de "encaje" (pero no los Kennedy), iban a las universidades católicas y de ahí entraban a firmas de abogados católicos o de corredores de bolsa católicos.

Todos se casaban con una chica católica y tenía de 6 a 12 hijos. Compraban seguros de un agente católica e iban a banqueros católicos. Nunca se unían a una serie de asociaciones porque eran protestantes, ni jamás se les ocurría mandar a sus hijos a una escuela pública. Los católicos pagaban impuestos para las escuelas públicas y además apoyaban una red de escuelas parroquiales que no recibían un centavo del gobierno.

De vacaciones iban a playas donde los católicos eran bienvenidos (a menudo porque los hoteleros eran católicos). Ah, y dado que los irlandeses de Nueva York y Chicago había construido poderosas maquinarias políticas locales, ser católico significaba que votar en favor de sindicatos y del partido pro-católico, el Partido Demócrata, no el partido de le élite protestante, el Republicano.

La amplia mayoría de los católicos habían sido pobres y de clase trabajadora hasta que el GI Bill, que subsidió la universidad para los soldados que sirvieron en la Segunda Guerra Mundial (generando así la amplia clase media profesional de la posguerra).

Los irlandeses salían de la pobreza entrando al trabajo policial, luego de inteligencia (incluso hay una broma interna en la CIA que la sigla significa "Catholics In Action"), la política local, los sindicatos o el sacerdocio. Debido a que eran los únicos inmigrantes católicos de habla inglesa nativa, se convirtieron en los líderes de todos los inmigrantes católicos. Los italianos (algunos de ellos) formaron la Mafia, que originalmente era un conjunto de grupos de auto-protección independientes (como lo habían sido en Italia, cuando los sicilianos lucharon contra la anexión italiana). Los polacos estaban en la parte inferior de la escala social, y eran el blanco de bromas prejuiciosas. Hubo por un tiempo, desde la década de 1880 a fines de la Primera Guerra Mundial, una vibrante comunidad católica alemana que apoyaba sus propias escuelas bilingües alemán-inglés; fue destruida por (a) el clero irlandés y (b) la guerra, cuando ser de origen alemán era algo que uno escondía.

La mayoría de los estadounidenses no católicos no conocen esta parte de nuestra historia y por lo tanto no se dan cuenta de lo enorme que fue para los católicos ver a uno de su propia gente nominado y elegido presidente. Para la mayoría protestante, Kennedy no era más que un hombre joven (¡lo joven que me parece ahora!), atractivo, en tren de apuro.

Para los católicos, la elección de Kennedy significó que las puertas doradas del afamado Sueño de América se habían finalmente abierto. En la década de 1960, los estadounidenses de origen irlandés se elevaron en términos socioeconómicos a la clase media alta. (En Yanquilandia persiste la idea de que todos somos de clase media.) Antes de 1960 habían mayoritariamente trabajadores no profesionales.

Hay que re-escuchar los discursos del Presidente Kennedy para notar la frecuencia con la que usó "revolución" para describir cada propuesta y desafío que planteó. Y, sin embargo, si uno se saca los lentes de la nostalgia, no hay duda que fue un presidente relativamente conservador.

El revolucionario real de la época fue Fidel Castro, que le tomó el pelo a la CIA (que efectivamente le proporcionó pertrechos). Pero en Estados Unidos, donde figuré entre los cientos que estrecharon la mano del joven barbudo durante su visita a Washington, a Castro se le veía como parte de algo que en aquel entonces era temible, tenebroso e impensable.

Ciertamente estos últimos años de transición a lo que se llamaron los "Sixties" (Sesentas), que en realidad fueron de 1963 a 1974, fue el momento de dos hombres llamados Juan. Uno fue presidente, el otro fue un papa que también, mirándolo sin nostalgia, fue relativamente conservador.


















En realidad, lo que fue revolucionario de Kennedy y de Juan XXIII fue el momento que les toco asumir un papel en el escenario de la cultura social. Fueron agentes catalizadores de una revolución social y cultural en Estados Unidos y, a través del megáfono yanqui de Hollywood y la música popular, en el mundo.

¡Qué breve fue ese momento! Un instante recuerdo que hasta las monjas partecían caminar sobre una nube feliz en ese noviembre de 1960, y en otro las veo llorar otro noviembre tres años después.


* Esta es otra entrega de una breve serie que intenta esbozar la historia cultural y social contemporánea de Yanquilandia, a través de como se sintió el tiempo y el lugar. Todo esto surge de un intercambio con una corresponsal francesa, que provocó pensamientos que podrían ser de interés para mis lectores hispanoparlantes.

lunes, 30 de junio de 2014

Viene el color (1958-60)

Aunque estamos acostumbrados a pensar de nuestro tiempo en términos de décadas, en términos de conciencia social las décadas no corresponden con los números. Este es el caso en la década de los años 1960, que en Estados Unidos realmente comenzó a fines de 1963. Entre 1958 y 1963 hubo un "giro" de la conciencia social, y en esta entrada en la serie* me aboco a 1958-60.

El toque cosmético significativo de la época fue la introducción de la televisión en color y el famoso Technicolor (marca registrada de nosequién). Se produjo el primer debate presidencial televisado. Comenzaron a producirse autos con aletas extravagantes y empezó a destaparse el rock and roll.

El color de otro tipo entró en prominencia. El país estaba todavía en gran parte segregado por el color de la piel. (Se decía raza, pero como sabemos hoy, la raza es un artefacto social y no biológico.)

En algunos estados (principalmente en el sur) la separación se llevaba a cabo de forma legal y ubicua. Pero en 1954, la Corte Suprema ordenó la desegregación de las escuelas (acabamos de celebrar el aniversario); las fuerzas armadas, hay que señalar, fueron desegregadas en 1946. Hubo una Ley de Derechos Civiles aprobada en 1958 que hizo algunos cambios leves, pero la segregación continuaba.

¿Qué significaba, en términos prácticos separar la gente por el color de su piel? Habían instalaciones separadas en todas partes: habían baños para blancos y baños para negros; restaurantes para uno y otro color; asientos separados en autobuses y tranvías.

Esto no era tan evidente para mí en Nueva York, donde ese tipo de segregación era simplemente poco práctico y, después de todo, estábamos en el Norte. En Nueva York la segregación era mayormente socioeconómica. A los afro-americanos se les mantuvo pobres a través de la discriminación en la educación y el empleo, además de la vivienda.

Vi la segregación tipo apartheid cuando nos mudamos a Washington, que está al sur de la línea Mason-Dixon, la brecha cultural y jurídica que otrora había separado a estados esclavistas y estados libres. En Washington, como en Nueva York, existía la separación socioeconómica. Los blancos vivían en los mejores barrios, con las mejores escuelas y conseguían los mejores puestos.

Pero además vi en los parques que habían fuentes de agua, para beber, marcadas "white" y otras, generalmente más chiquitas y más chuecas, para "colored". Estaban los asientos separados en los ómnibuses (pero, curiosamente, no en los tranvías).

Todos los taxistas, camareros y, en general, personal de servicio, eran negros. La policía era blanca, al igual que los conductores de autobuses.

Fui a escuelas católicas privadas (y a la escuela francesa un año), por lo que no vi niños negros en la escuela. Había un parque de diversiones, Glen Echo, al que me encantaba ir sin percatarme hasta años después, cuando volví después de años de ausencia, que no se les permitía entrar a niños de color.

También vi otro tipo de segregación. En momentos en que las naciones africanas estaban independizándose y comenzaban a enviar sus primeras delegaciones diplomáticas a Washington, un hotel en el que nos hospedamos al principio les negó cuarto.

Recuerdo que mi madre se puso furiosa, más por el insulto a los diplomáticos (a las señoras de la embajada argentina les dio un soponcio semejante descaro) que por el insulto a los africanos por ser negros.

El Windsor Park Hotel que se encuentra ahora en la zona de Kalorama es el edificio anexo que el hotel original adquirió rápidamente para dar cabida a los diplomáticos africanos. El edificio principal se convirtió en eventual la embajada china y sólo este año fue derribado.

A pesar de estos problemas, el movimiento de derechos civiles comenzó a cobrar impulso en esos años y había una sensación de que Estados Unidos estaba dispuesto a convertirse en un país con un corazón más grande. En ese momento entró un joven político que simbolizaba romper otro tipo de perjuicio, John F. Kennedy.


* Esta es la segunda de una breve serie de entregas que intentan esbozar la historia cultural y social contemporánea de Yanquilandia. Pretendo presentar como se sintió el tiempo y el lugar, y solo en segundo plano, la historia cuyo primer borrador apareció en los diarios. Todo esto surge de un intercambio de correspondencia con Francia que pensé podría ser de interés para mis lectores hispanoparlantes.

viernes, 27 de junio de 2014

Se vivía en blanco y negro en 1950-59

Veo la década de los 1950 en Estados Unidos en blanco y negro, como la televisión de entonces. Yo nací allí y entonces y pasé mi infancia en "Nueva York, Argentina", un extraterritorial hasta terminar naturalizándome yanqui muchos años después.

Esta es la primera de una breve serie de entregas que intentan esbozar la historia cultural y social contemporánea de Yanquilandia. Pretendo presentar como se sintió el tiempo y el lugar; y solo en segundo plano aparecerá, como panorama en el horizonte, la historia cuyo primer borrador apareció en los diarios. Surge de un intercambio de correspondencia con Francia que pensé podría ser de interés para mis lectores hispanoparlantes.

Los años 50 del siglo pasado, ya a medio siglo de distancia, forman una época de automóviles de chasis redondeados y adultos que vestían ropas que a menudo parecían un tamaño demasiado grande. La ropa que tenían pocos colores, o no más color que el papel tapiz floral promedio.

En mi entorno, los hombres trabajaban en oficinas. Usaban sombreros, se ponían trajes camisa y corbata, algunos usaban corbatas moño. Fumaban. Una cajetilla de cigarrillos Parliament evoca a mi padre perfectamente.

Las mujeres se quedaban en casa cuidando la casa y los hijos (yo y mis compañeros). La norteamericanas no se maquillaban. Pero todas las mamás, yanqui o extranjera (como la mía), se aseguraban de hacernos creer que el mundo era para los niños.

No lo sabíamos pero éramos parte de un fenómeno demográfico el "baby boom" en los Estados Unidos de 1946 a 1964. Regresaron de la guerra, se casaron, consiguieron becas para ir a la universidad, se mudaron a los suburbios y, sea amor u otra cosa lo que hicieron en sus dormitorios, desparramaron hijos por doquier. Y a nosotros, los "boomers", se nos hizo pensar que todo era posible.

No sé por qué, pero entre los artefactos que preservé de aquella época está mi "libro de cabecera", The Golden History of the World por Jane Werner Watson y Cornelius De Witt (publicado en 1955), que se subtitulaba "Una Introducción Infantil a la Antigüedad y el Mundo Moderno". Golden era una serie de libros infantiles.

El último capítulo "Nuestro Mundo Hoy, 1950 -" comienza así:

"Este es un mundo apasionante para crecer. En nuestro tiempo la magia de los cuentos de hadas se ha hecho realidad. Podemos volar por los aires lo más cómodamente sentados casa. Podemos dar vuelta al mundo en el tiempo que tomaba en otra época ir de París a Londres o Boston a Nueva York. Se pueden hacer compras en India, Sudáfrica o Japón y pagar por los bienes mediante la firma de nuestro nombre en una hoja de papel que hemos traído. Y en las tiendas de nuestros propios pueblos se traen mercancías para nosotros desde todos los países del mundo".

Es en definitiva un mundo en el que el niño lector (y lo habré leído cientos de veces) puede pensar que, si hubieron faraones y napoleones, y guerras y miserias y de todo en el pasado ... pero de acá en más, conmigo, comienza una nueva historia llena de maravillas.

Y en aquél Nueva York limpito y ordenado, el New York de los primeros cuentos de John Cheever, era posible pensar así aún siendo adulto. O así lo entendí.

Era una época féliz de un presidente, Eisenhower, que tenía cara de bebé, que no inspiraba mucho, pero no ofendía tampoco.

Había discordancias, por supuesto.

En Estados Unidos, estaban los poetas beat, Allen Ginsburg, a quien conoció mi padre en un bar bohemio de Greenwich Village. Eran barbudos que decían cosas raras, incomprensibles para uin niño como para la mayoría de la gente común.

Estaban asimismo los precursores de la revolución musical de los 1960. Elvis estalló entonces, al igual que los rockeros originales, Chuck Berry, Bill Haley y los Cometas, etc. Yo solo conocía la música clásica que tanto mis padres escuchaban. O la música popular de variedad, Frank Sinatra, Dinah Shore y Perry Como.

Y también pienso en esos tiempos como la época de la Guerra Fría. No había nada más temible que un comunista. Una vez, en el jardín de infantes, en tren de hablar de los diversos empleos que hay, la monjita nos preguntó "¿Qué hacen sus papas?" Dije "comunista" y llamaron a mi madre, quien explicó que yo había querido decir "economista".

Habrían muchas otras cosas en esa época infantil en los Estados Unidos, pero de ellas no me percaté.