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lunes, 19 de marzo de 2007

La Etica y los Valores

Alguien puede dejar de verme como amigo porque observé una carencia de de ética, que expresé -- con una cierta imprecisión -- como una merma de “valores.” Debido a que pienso que es un problema crucial en nuestra época, quisiera repasar el tema, tanto como auto-clarificación como para exponer lo que pienso hace falta en la sociedad estadounidense, en la que vivo.

Primero, distingamos los valores y el ética.

Un valor es el resultado de una comparación: X es "más mejor" que Y. Hay valores económicos (la cosa X vale la cantidad Y de trabajo, representada como dinero), valores estéticos (la rubia X es más atractiva que la de cabello pardo Y), valores del comportamiento (me gusta hacer X más que Y) y así sucesivamente. Éstos son en gran parte subjetivos, arbitrarios, maleables e impermanentes. Los valores se prestan a la persuasión colectiva, a través de la coacción o la seducción a varios niveles y de diversos grados, desde las dictaduras hasta la publicidad y la presión del grupo.

Cada uno tiene valores. Representan algunos de los límites que ponemos al comportamiento debido a la convención social, desde los modales hasta las leyes.

El ética, por otra parte, es el rama de la filosofía que estudia el comportamiento humano, sus conceptos, sus normas y su uso. En un nivel, explicamos conceptualmente qué es la ética. En otro proponemos qué es y no es la virtud. A otro nivel procuramos aplicar o derivar principios de preguntas sobre ciertos comportamientos humanos: ¿Es moral el aborto? ¿Cuáles son derechos humanos y cómo se determinan?

En la sociedad que observo, la mayoría de la gente carece de ética. Mucha gente deriva valores éticos de la religión heredada. Alguna gente observa simplemente el comportamiento de grupo y bautiza de "ético" lo que meramente se acostumbra. La mayoría confía en su propia voluntad para decidir lo que es ético.

Es este último punto a lo que me refiero hoy. Hemos llegado al punto que la mayoría de la gente piensa que debe canonizar lo que hace como moral y bueno, sin importarle si es coherente con su pensamiento respecto a la realidad total. En esto, mi amistad es como la mayoría. En lugar de un pensamiento ético, hay una auto-indulgencia disfrazada en la que cada uno legisla y juzga -- sin atenerse a una constitución externa o interna.

En los últimos sesenta años hemos ido de sistemas éticos heredados, externos y absolutos a éticas internas, circunstanciales y relativas que supuestamente eran más profundas, pero que en realidad son un largo elogio a si mismo. Cualquier acción se justifica si me sienta bien, y dado que se ha convertido en deber cuidar la preciosa autoestima, resulta mientras algo me haga sentir bien, está bien.

Nadie es culpable de nada, la cosas "pasan". Hasta los políticos conservadores con sus afamados “valores de familia” (y divorcios frecuentes) afirman su responsabilidad pero evitan el responder requerido ante lo mal hecho.

Hallo todo esto problemático, pero cuando expreso mi problema me crea problemas. Me tratan de santurrón y mojigato.

A la gente no le gusto que alguien les haga pensar qué principios éticos hay, mucho menos sopesar la idea de someterse a ellos, sienta bien o no, si no lo exige la ley ni la moda.

Examinemos un ejemplo cercano sin que sea incómodo para la gente de hoy.

Había una época que se registra en la memoria viva en la que ciertos prejuicios eran aceptables y hasta eran respaldados por la ley, y en algunos círculos una cierta forma de ser prejuicioso era aceptable. Los judíos llamaban Schwartze a los afroamericanos con desdén; los irlandeses les decían "wop" a los inmigrantes italianos; la gente sabía de solterones que nunca se casaban o vivían con amigos del mismo sexo y se solía susurrar sobre ellos; el lugar de una mujer estaba en la cocina; y, por supuesto, ningún sureño blanco quería que su hija se casase con un negro o un católico.

Estas ideas se podían expresar más o menos abiertamente -- aunque la gente más educada hablaba a espaldas de las víctimas. Ahora no se puede. Los conservadores llaman al cambio de normas sociales la llamada “corrección política”; quisieran retroceder, “conservar” el ethos del prejuicio.

De hecho, el prejuicio no ha desaparecido. Los judíos susurran Schwartze y se ha divulgado que en un arranque de nervios en medio del trabajo un actor afroamericano del exitoso programa televisivo Grey's Anatomy llamó "marica" a un colega que al parecer es homosexual.

Ahora, a la ética. ¿Es un mal el prejuicio? ¿Por qué? ¿Estaba siempre mal o es simplemente incorrecto desde 1964? ¿Somos la mayor parte de culpables de esta fechoría (de pensamiento, palabra u obra)? ¿Nos engañamos pensando que no somos prejuiciosos, para sorprendernos cuando nos brota algo hiriente respecto a un grupo demográfico? ¿Qué debiéramos hacer para asumir reponsibilidad, para dar respuesta por nuestras acciones?

¿O es ese si me sienta bien tengo derecho para actuar, hablar y pensar con perjuicios?

Confieso: tengo prejuicios. Por ejemplo, contra los británicos. Deploro tanto lo que hizo el imperio británico y hallo a los ingleses tan desagradablemente arrogantes, que raramente les acepto errores aún cuando admiro muchas cosas de origen británico. Es la gente la que no aguanto.

Claro, me digo que, pobres, gran parte de la arrogancia británica, del imperialismo y de esa manera imposible de ser viene de vivir en una isla pequeña con un un clima horrible, de perder la humanidad en la niñez dado que los padres cuidan para los animales domésticos mejor que a sus niños (vaya a Inglaterra y verá el montón de animales domésticos gordos y niños flacos). Es un sentido de la inferioridad disfrazado de otra cosa.

Son racistas porque se odian profundamente. Son desagradables porque son tímidos. Conquistaron el mundo porque quien diablos deseaba permanecer en una comarca donde uno se empapa todo el año. Comenzaron el comercio esclavos de África porque sabían que sus propios trabajadores eran unos haraganes de piel cetrina y cuerpos enfermizos incapaces de trabajo rudo.

No es justo prejuzgar a cuanto británico se me cruce. Debo pensar en ellos como pienso de los españoles: valerosos, de principios obstinados, religiosos hasta el fanatismo, amantes de la vida. ¿O es un prejuicio eso también?

¿Cómo se enfrenta uno el mal ético del prejuicio? ¿Cómo se admite (con un aire risueño) que uno se ha equivocado, para tomar un curso distinto?

Y me parece que simplemente aprobar una ley (la Ley de Derechos Civiles de 1964) y adoptar una nueva manera (la llamada corrección política) no ha funcionado. El prejuicio abunda. El racismo abunda: véase la respuesta de la Administración Bush tras Katrina en Nueva Orleans.

He aquí la base de la ética: un principio que nos incomoda porque describe como podríamos mejorar. Nos guste o no.

Un principio ético sobrevive la excusa de la falta de educación, el sufrimiento, cualquier cosa, excepto la carencia de conciencia -- que se acaba el momento en que reconocemos a nuestro comportamiento en lo que el principio prohibe.

viernes, 19 de enero de 2007

Nosotros, los Otros

En la película Los Otros (2001), Nicole Kidman es una mujer que vive con sus dos niños fotosensitivos en una casa encantadora en la isla de Jersey, donde aguarda la vuelta de su marido, que se ha ido a luchar en la segunda guerra mundial. La casa parece embrujada hasta que el espectador ve la realidad del punto de vista de los aparecidos.

Una inversión de perspectivas similar es necesaria para dar el próximo paso en esta serie de reflexiones hacia una ética. Hemos visto en la ultima entrega el conflicto entre como nos vemos y como nos ven.

El problema que conlleva ser el arbitro de mi mismo es que no puedo verme del todo, ni físicamente. Me dicen que los elefantes, cuando se les muestra un espejo comienzan a moverse para ver partes traseras que nunca pueden ver de otra manera.

El problema con el pensamiento de masa es obvio una vez que uno lo pone en contexto. Entre los grupos de adolescentes, de las cuadrillas masculinas a las pandillas femeninas, hay una tendencia autoritaria a exigir a los miembros un estilo uniforme de ropa, de discurso y de comportamiento, generalmente conforme al capricho del varón o la hembra alfa. Sucede precisamente en el período del desarrollo personal en el que la imagen de si mismo es más débil y maleable. El resultado es a menudo el comportamiento antisocial, uno mismo-destructivo que arruina vidas.

En el mundo adulto tenemos el mundo de las modas, que tiraniza la apariencia y vestimenta, principalmente los de la mujer. También tenemos el organization man de William Whyte, quien describió en 1956 al conjunto de tales individuos, como
“gente que trabaja solamente para la organización. Aquellos a los que me refiero pertenecen a ella también. Son personas de nuestra clase media que dejan su hogar, espiritual y físicamente, para tomar los votos de por vida en la organización, y son ellos los que son la mente y el alma de nuestras grandes instituciones que se autoperpetuan.” (traducción mía)
Hace acordarse de los sacerdotes católicos, lo que nos lleva a la tercera posibilidad, el terapista.

El problema que conlleva el terapista (que en otras épocas fue el sacerdote y chamán, el oráculo y el vidente) es que actúa en función de su propio orden del día, que bien puede ser muy distinto de nuestras propias metas. Los sacerdotes y los chamanes eran, como los artesanos y los escribas, dependientes en la generosidad y el placer del rey, pues no producían su propio pan, ni aportaban protección al reino.

El terapista de hoy es más libre, pero queda vulnerable a la corrupción pecuniaria -- viene demasiado bien ese honorario que cada semana por años sin fin aportan los pacientes que supuestamente no han llegado al punto de no necesitarlos. Además los terapistas funcionan conforme a las modas de su profesión y, colectivamente, son los organization men paradigmáticos de la sociedad, a partir de su poder de encerrar a la gente en un manicomio. (Y, al hablar de poder, no nos olvidemos de Aristóteles y su pensar acerca de la potencia y el poder.)

No obstante, el terapista ideal es un observador entrenado y de experiencia. Como periodista, que es otra ocupación ejercida idealmente por el observador entrenado y de experiencia, recibo a menudo la queja de que cualquiera hoy en día puede conseguir su propia información por si mismo. El periodismo no es, sin embargo, la mera recolección de datos, sino el tamizar para descubrir qué es engaño, qué error, para llegar al bosquejo preliminar de lo sucedido.

Algo similar puede decirse del terapista ideal. Éste es alguien a que investimos con el potencial de ayudarnos a discernir quiénes realmente somos, lo que realmente deseamos hacer y ser en nuestras vidas. Lo principal no es, al menos no debe ser, el terapista, sino el proceso terapéutico.

Su esencia fue capturada en una vieja broma: ¿Cuántos terapistas se necesitan para cambiar una bombita? Uno, pero la bombita tiene que querer cambiar.

En el fondo, no es el terapista quien nos presenta un cuadro de nuestro ser, sino aquella persona cuyo escuchar activo nos permite reorganizar el cuadro de nosotros mismos que teníamos cuando lo fuimos a ver.

Y no es necesario que sea un especialista con credenciales y licencia. Puede servirnos lo mismo una buena persona, o un buen libro. Todo lo que realmente necesitamos es un “espejo activo” que nos permita vernos como nos ven y salir de nuestro claustro interno para transformarnos en lo que quisiéramos.

Concluyo que para revelarnos una imagen propia verdadera, necesitamos entablar una relación interactiva con algún Otro o Algo que alumbre, aunque sea en una luz ténue, lo que aparecemos ser, para distinguir y ser quienes queremos ser.

En otras épocas ese Otro se personificaba en un dios, o un intermediario poderoso, al que la gente cedía su independencia porque se sentían como barriletes, impotentes en los vientos del destino. Hoy, pienso, las cosas son diferentes.

Los Otros pueden emanar de nuestro interior, desafiándonos, mostrándonos lo que no queremos ver, o puede ser alguien externo, convocado por la voz interna. Como en la película, puede resultar que somos nostros los Otros.

martes, 16 de enero de 2007

Alicia y Su Espejo

Apenas había terminado de pulir mi entrega sobre el quehacer de las imágenes verdaderas de uno mismo, convencido de ser un plácido investigador de la sabiduría, cuando una conocida declaró que mi temperamento es de temer y mis respuestas hipersensibles. ¿Somos como nos vemos o como nos ven los demás? ¿Cuál imagen de uno es el la verdadera, la válida que elimna a las demás?

Hay varias respuestas.

Mi respuesta inicial es que sólo yo sé que pienso al escribir o hablar, o al ponerme en acción. Por lo tanto, la imagen que yo formo de mi mismo es la verdadera, es quien soy.

Me interpela una amiga que, por el contrario, realmente no sé quien soy. Mis intenciones reales se hallan ocultas en las predisposiciones genéticas y el inconsciente. El mejor dictamen de quien soy lo pueden dar sólo quienes observan mi comportamiento. Si cinco personas me juzgan ser X, aún cuando proteste desde mi fuero interno que soy Y, en realidad soy X.

Otra voz dice: ni unos ni otros, el uno mismo verdadero sólo lo ve un terapista. La fuente es, adivinará el lector, es terapista (pero no mi terapista; no tengo, aunque quienes piensan que debería tenerlo). Substituyamos “terapista” por alguien a que investimos con el potencial de ayudarnos a discernir quiénes realmente somos y lo que realmente deseamos hacer y ser en nuestras vidas.

Tres opciones. Tres puertas. ¿Cuál es la correcta?

jueves, 11 de enero de 2007

Haz Imágenes Verdaderas

Hemos visto que amarse a si mismo no es un pase gratis a la indulgencia y la bacanal. El alcoholismo arruina el higado, el sexo desenfrnenado puede matar, comer en exceso lleva a la obesidad y la diabetes, etcétera, etcétera. Pero la ilusión vana que termina en solipsismo es más peligrosa que el abuso al cuerpo.

¿A quién veo cuando me miro en el espejo? ¿Es la imagen de mi padre o mi madre? ¿Es alguien más jóven o más viejo, mejor parecido o más feo que la cara que veo en mis sueños? ¿Puedo ponerme de acuerdo conmigo mismo cuál imagen es realmente la mía?

Hacerse una imágen veraz de si mismo es, supongo, una tarea para toda la vida.

Podemos enorgullecernos solo de quienes somos, con nuestras características loables y aquellas deplorables. No "orgulloso de ser [póngase la nacionalidad, identidad local, raza, sexo]" ni tampoco "me da vergüenza ser [lo mismo]". No lo que soy por nacimiento sino quién soy.

¿Quién soy? ¿Un hijo, un padre, un cónyuge, un profesional, un empleado, un ejecutivo? ¿Soy el tipo que se sienta en el último asiento del ómnibus para leer una novela en paz? ¿Sere todos estos? ¿Más?

¿Soy capaz de revelar lo que sé acerca de quien soy sin temor de ni inquietud por la opinión de los demás? ¿De ser quien soy simplemente porque asi soy?

¿He llegado a creer en las imágenes falsas de mi mismo que he inventado para engañar a los demás? Si es así estoy en zozobra.

sábado, 6 de enero de 2007

Estamos Solos

Me doy cuenta que estoy solo al descubrir que el mundo no está para mi.

Descubro asimismo que:
  • Al anochecer ni acudí yo a otros, ni acudieron otros a mi, a traer té a los lechos de los andamos con este resfrío maldito que circula en esta ciudad.
  • A las 7 de la mañana del sábado no hay con quién discurrir sobre la preocupación que me despierta.
  • Al deambular por la biblioteca o el cine no conversé con nadie.
  • En realidad la mayor parte de la gente me aburre, y yo los aburro a ellos. En creciente medida, lo que más les interesa en realidad son los escasamente apetecedores detalles de sus condiciones médicas. Igualmente, lo que más me interesa a mi es mi futuro económico.
  • Aún cuando hago donaciones, o llevo a cabo algún voluntariado, la motivación real es sentirme bueno y noble.
Estamos solos. Nadie ha de velar por nosotros. Y, seamos francos, a menos que nos paguen, ya sea con moneda psíquica o somática, no hemos de velar por nadie.

martes, 2 de enero de 2007

¿Altruismo o Egoismo?

La pregunta titular emana de una respuesta a mi entrada anterior. Mi corresponsal indicó que su noción de ética "requiere de modo esencial el vínculo con el otro/la otra". Respondo que me siento agnóstico respecto a dichos vínculos.

No propongo, aclaro, un egoismo filosófico al estilo de Ayn Rand -- con todo una economía política miltonfriedmanesca. De ninguna manera.

Parto del yo porque el yo es lo único que me consta como constante. El otro y la otra se pueden ir por las verdes praderas, a brinco suelto tomados de la mano ... y el que me queda soy yo.

Satisfacer al yo no implica justificar la opresión del tu, él, ella y ustedes.

No se queda en el mero altruismo tampoco mi corresponsal, quien me indica que el problema del yo es complejo en términos filosóficos. Y me plantea, o quizás me lo imagino yo, la idea de toda una serie de Descartes que piensan en sus altillos en París, Londres, Florencia, y luego existen según patrones que son imposibles de cotejar o comparar. Y aún más, surgen los problemas del error y la sorpresa.

Pero esto es ahondar demasiado en querer saberlo todo.

Lo que propongo es más sencillo. A los efectos de conformar un esquema de lo que debo hacer y lo que no debo hacer, sugiero comenzar con un sano respeto hacia mismo. Un amarme apasionadamente.

Dice el evangelio (Mt 22:39): "Amarás a tu prójimo como a ti mismo." ¿Cómo amar al prójimo como a mi mismo si no me amo primero?

Aclaremos que esta regla ética no se origina con Jesús ni el cristianismo. Lo mismo decían las escrituras hebreas (Lev. 19:18). Lo mismo enseñaron Confucio cinco siglos antes, Mahoma en su último discurso, los Vedas en India, en la segunda verdad del Budismo, et cetera, et cetera.

Es un lugar común. La diferencia en lo que yo propongo es en el lugar de precedencia. En lugar de negarnos a nosotros mismos en pos de cielos, salvaciones, nirvanas, comenzar por saciarnos de amor.

Hay que amarse apasionadamente, sin pensar en otro, sin dividirse, sin escamotearse amor, hasta que rebase mi amor mi mismo, y de él nazca un amor a otros.

lunes, 1 de enero de 2007

Amate a Ti Mismo

Seamos honestos y admitamos que en el centro de nuestra existencia hay una persona: nosotros, yo, Número Uno. Nos enseñan a contener ese no. 1: padres y maestros insisten en que el no. 1 ceda su lugar a otros; ese no. 1 aprende a odiarse a si mismo, a castigarse a si mismo, a aspira a humillarse. ¡Es un absurdo!

A fin de cuantas, sólo puedo contar conmigo mismo. Y el lector consigo mismo.

¿Pensaste que el presidente iba a cuidarte de los terrores de la noche? ¿Esperabas que tu mamá vendría a abrazarte en la cola de los desempleados? ¡Ja!

Además, no puedo divorciarme de mismo. Contra viento y marea me acompaño a mi mismo, quiera o no.

Ésa es vía negativa al amor hacia uno mismo.

Démosle vuelta. Yo puedo satifacerme mejor que ninguno. Puedo ayudarme a crecer también y a realizarme mejor que nadie.

Comencemos por lo pequeño. Puedo despertar hambriento y alimentarme. Puedo estar sucio y lavarme.

Es más de lo que parece. Una persona minusválida me dijo que soy una persona temporariamente hábil y sana; ya llegará el día en que quedaré postrado en cama e incontinente.

Por el momento, puedo hacerme todo que mi madre hizo por mí cuando era un recién nacido -- y más aún. Puedo hacer probablemente todo esto con la mayor precisión que cualquier otra persona, puesto que sé exactamente de lo que deseo, qué me hará me sentirme bien.

En la República de Yo, soy el pueblo y los representantes. Soy el soberano y el súbdito en mi propio reino.

En mis conflictos internos (acordarse de la dialéctica) apunto a mejorar las cosas para mi sector laboral y de capital, mi varón y mujer (sí, Virginia, sos macho también), el jefe y el conducido. Mis unos mismos internos viven en convenio pactado y con el potencial de llegar a la paz.

Somos un pequeño reino, Yo y Mi Mismo, felices y prósperos. Nos encanta saludarnos en el espejo. Esa cara familiar tan maravillosa.

¿Es demasiado gorda, arrugada, sebácea, pálida? Podemos elegir comer mejor, utilizar un maquillaje mejor, o elegir sencillamente hacer caso omiso.

Tengo esa posibilidad. Puedo amarme.

Claro, en algún momento, o tres, veremos esos galanes y estrellas de cine en la cubierta de una revista, esos políticos en la TV, o esos autores en las contratapas de un libro … y, por un momento, los gusanos de la envidia y el odio nos conducirán a la rabia contra esos atrevidos que se animan a proyectarse de una manera mejor que nosostros.

Nuestras caras en el espejo parecerán poca cosa. Como que no conseguí ser el corresponsal en París del New York Times y a casarme a un novelista rubia y Nobelista sólo por no tener la facha.

¡Totalmente incorrecto! En el Dominio de Mi Mismo & Yo (observar el signo "&" en nuestro título augusto) esos términos y reglas no tienen jurisdicción.

En los canales personales de mi cerebro, todos los programas se dedican al afamado yo. Mi Academia de la Lengua me acuerda su honor más alto cada año. Nosotros mismos, somos, como los Beatles dijeron, más famoso que Jesús.

Tenemos tanto en nosotros mismos que desbordamos hacia otros. ¡Por supuesto, estamos enamorados … !

domingo, 31 de diciembre de 2006

Imperativo

Hace unos años, cuando era un ateo furioso y no un mero agnóstico a moco tendido, argumentaba que hacer el bien tenía sentido. Hoy la realidad me convence que el bien es una necesidad urgente. Sin el bien, un bien radical que embellezca todo lo que toque, no sobreviviremos.

El bien es un imperativo. Invito al lector a declararlo: “No sobreviviré mucho más a menos que abrace un orden moral que comience con mi supervivencia y exija un proceder que conduzca a la supervivencia de toda la humanidad.”

Aclaro que un orden moral no es una serie de órdenes que fingen ser morales: izar la bandera, trabajar para ganarse el pan, guardar los órganos genitales bajo cierre relámpago excepto en ciertas ocasiones. Eso es sólo un sistema de modales para mantener a todos en la línea que nos han fijado los que detentan el poder; es una visión hecha escualida por los reglamentaristas, las iglesias y sinagogas, las escuelas, las madres sin un sentido del humor, los padres con las cinturones demasiado apretados.

Hace algunas noches, salió de nosedónde un sueño sobre esto.

Estaba en el atrio de una escuela muy moderna. Un sacerdote se sentaba en un escritorio con algunos libros delante de él. Una monja estaba a su lado. Ella explicó que cada estudiante iría de puerta que va a la puerta a través de la vecindad para cerciorarse de que cada familia tenía una copia del catecismo, la Biblia y otro libro que no puedo recordar.

"Qué pasa si las familias no tienen dinero para los libros?" Pregunté.

"Hijo, ésta es la llave a la vida eterna," dijo a sacerdote.

"Así que Jesús realmente no dijo tan 'ven, bendito de mi padre a poseer el reino preparado para ti desde la fundación del mundo. Porque tenía hambre, y me diste para comer; Tenía sed, y me diste deber bebida; Era un extranjero, y me hospedaste; Desnudo, y me cubriste: enfermo, y me visitaste: Estaba en la prisión, y viniste a mí,' " dije, y agregué: "Lo que realmente dijo "bienvenido porque has vendido muchos catecismos, biblias y buenos libros."

Desperté a tiempo de evitar el drama que había puesto en marcha.

No era un sueño sobre Jesús o el cristianismo, sólo una crítica a la manera en que la sociedad ha domesticado a los profetas, de modo que sus desafíos puedan tornarse de provecho para los shamanes y los reyes a los que sirven. El imperativo verdadero es mucho más salvaje, impráctico, casi imposible.

Se rompe con las leyes, reglamentos, los modales. No se justifica la guerra o la comercializacíon de los valores o la sexualización; ni se da pie a la acusación hipocríta.

Los grandes visionarios vislumbraron algo más allá de una sociedad de alcurnia e iglesias y ejércitos y burdeles y cotillones.

Dar vuelta a la otra mejilla. Comenzar la conclusión. Amar el odio. Pintar colores sobre lo que es gris o negro o blanco. No hacer nada.

Debemos.

martes, 5 de septiembre de 2006

El Bien

Conversaba con quien en lugar de meditar sobre el bien, lo realiza según su mejor entendimiento, sin fin obvio o inmediato de recompensa, y en medida sorprendente. En lugar de imitar el ejemplo, me puse a pensar ¿existirá el bien y que es?

-- Lo importante es la bondad. -- dijo.

-- ¿Qué?

-- Que lo importante es tratar a todos con bondad y ser tratado bondadosamente.

Hace años creía lo mismo. Si todos compartiéramos, si todos nos amáranos, si ... ¡Si nada! ¿Para qué existirá este aglomerado humano, tanto hormigeo humano? Vender, comprar, comer, hacerse el sexo, bañarse, dormir. Para despertar a volver a hacer lo mismo.

No nos amamos, no compartimos. Somos profunda e irremediablemente egoístas.

Llegamos a querernos, que es decir, a compartir egoismos: ella lo llena a el, el la llena a ella, y corren juntos abocados en vender, comprar, comer, hacerse el sexo, bañarse, dormir, despertar, repetir.

De vez en cuando brota un altruismo que es un egoismo más camuflado: quiero sentirme bueno.

La humanidad no vale ser amada.