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sábado, 1 de enero de 2011

Despedida ¿Nunca Más?

Me escribe una lectora en Francia con su fragmento de un mensaje electrónico en franchute chapuceado que le envié el día de la luna llena. 
C'est un pays de merde !!!!! C'est des peuples de merde ! Je suis trop frustrée avec tout et toutes. Je m'allerai a ma maison en mon pays a demain et je ne peut pas arrêter pour le moment de partir. C'est toute une déception totale.
Con esa actitud ruinosa comenza el año 2010 en Buenos Aires.

Culmina el viaje con una revelación final. Una historia de la familia en la que seguí el rastro de antepasados hasta la época colonial, y que había mandado a mi prima para que distribuyera a sus hijos, ha sido sencillamente censurada. No tenían ni idea de la existencia del relato, que peca de folklórico porque la familia es así.

La maldita tierra de mis padres pareciera cesar prodigando sus maleficios el momento que entro a la cabina del avión. Se me habla en inglés, y vuelve mi confíanza de que de ahí en más estoy en el ambiente del país en el que mi madre (era argentina, pobre) me dió luz. El pan es pan, y el vino, vino. O al menos sé que no es pan y que es vinagre. ¡Qué sé yo!

Pero la distención no dura. Despegamos tarde. Siendo medianoche, en un aeropuerto de comparativamente escaso tráfico, no hay excusa para retrasar el avión. El retorno a la Argentina termina como a su comienzo la semana anterior: nada funciona, para no variar.

viernes, 31 de diciembre de 2010

Blue Moon

Cuando hay dos lunas llenas en un mes, como sucedió el 31 de diciembre del 2009, a la segunda se le denomina una "luna azul", traducción de blue moon que puede bien significar luna triste como luna traidora. "Once in a blue moon" (cada luna azul) es en inglés como decir cada muerte de obispo.

Compartí esa luna, que en ciertas partes del mundo coincidió con un eclipse parcial, con mi "ex-cuñadastra" (o ex-half-sister-in-law, en inglés), su madre, mi compañera y una variedad de amigas y amigos de mis comensales en un barcito en una cortada entre Las Heras y Santa Fé. Buena música, buena bebida, comida regularona pero servida por los hijos del dueño y sus amiguitos(as).

Una de ellas, una niña de unos 11 llamada Malena, nos sirvió con modales tan de señorita formal, que la piropié con la confesión que no me olvidaría de ella. La tía, una muchacha apuesta, saltó con gracia a exigir que le hiciera corte a las mujeres más de mi edad, como ella. Muy guapa la tía y si hubiéramos estado solos ... pero no era oportuno.

Luna llena del 12/31/09 en Buenos Aires.
La luna azul es también el tema de una canción muy celebrada de 1934, compuesta por Richard Rodgers and Lorenz Hart, popularizada por Django Reinhardt, Frank Sinatra, Elvis Presley y más recientemente Rod Stewart con Eric Clapton.

Blue Moon
You saw me standing alone
Without a dream in my heart
Without a love of my own
(Luna azul, me viste parado por mi cuenta, sin un sueño en mi corazón, sin un amor que pueda llamar mío.) Es la canción de un romántico exitoso que, cosa rara, se encuentra solo y sin candidata.

Una coda perfecta para una visita rara a ese país rarísimo que forma el Cono Sur del continente.

jueves, 30 de diciembre de 2010

Descensus in Averno

Vanidad de vanidades, todo es vanidad.
¿Qué provecho tiene el hombre de todo su trabajo con que se afana debajo del sol?
Generación va, y generación viene; mas la tierra siempre permanece.
Sale el sol, y se pone el sol, y se apresura a volver al lugar de donde se levanta.
El viento tira hacia el sur, y rodea al norte; va girando de continuo, y a sus giros vuelve el viento de nuevo.
Los ríos todos van al mar, y el mar no se llena; al lugar de donde los ríos vinieron, allí vuelven para correr de nuevo.
Todas las cosas son fatigosas más de lo que el hombre puede expresar; nunca se sacia el ojo de ver, ni el oído de oír.
¿Qué es lo que fue? Lo mismo que será. ¿Qué es lo que ha sido hecho? Lo mismo que se hará; y nada hay nuevo debajo del sol.
¿Hay algo de que se puede decir: He aquí esto es nuevo? Ya fue en los siglos que nos han precedido.
No hay memoria de lo que precedió, ni tampoco de lo que sucederá habrá memoria en los que serán después.

—Eclesiastés

miércoles, 29 de diciembre de 2010

Desencanto y Golpe de Teléfono

Otro almuerzo, otro encuentro. Con carne, pero a la milanesa. Nos conocimos desde antes de nacer, cuando su madre se inclinó a mi cuna a que le trajera "uno como vos". Tendrá el mismo humor trilingüe que tengo yo, pero salió mujer, che.

En el saldo de cuentas, resultará un día pesado, pero no será culpa de mi amiga. Ella comparte aquello de que en la Argentina todo tiene, además de precio, costo psíquico. Se perdió los mejores años en el exterior, mientras que yo le escapé a los peores años en el hemisferio norte.

Y hoy me habla de sus aspiraciones románticas, de su nuevo arte, de una variedad de esas cosas que permiten a los amigos ponerse al día, más o menos.

Nos despedimos y viene una caminata deprimente por la Calle Lavalle, donde vi "La Novicia Rebelde" ocho veces y "El Gran Escape" otras tantas. Y las de Joselito y Marisol.

Ya no hay cines. Bueh ... hay algo que dice que es cine, pero tiene un alumbrado violeta muy raro.

Entro a preguntar a una tienda si es "un cine normal" y la vendedora sonríe, como se les sonríe a los niños, los minusválidos mentales y los pajueranos que se han venido a pasarse de porteños. Concuerda que no, pero un colega agrega, "Y ... para algunos, es normal."

Una calle peatonal nos lleva a la otra: Florida. Y en Florida a un paraje de librerías. Terminamos en El Ateneo, donde busco ponerme al día, pescar lo nuevo en la literatura. Me llevo una bolsa llena de libros: una novela en la que se basa una película argentina que me dicen que va a ganar el Oscar; por consejo de un amigo, Operación Traviata; varias historias.

Curioseando, elijo un libro que parece estar en todas partes: Radiografía de mi País: La Argentina Que Me Duele. El título es exactamente lo que busco: una explicación de la argentinitis. Llevo seis días en el país, me empiezan a dar ataques crónicos y ando desesperado por un diagnóstico del mal que me acosa. Como escribí a principios de año, desconozco al autor.

Y es justamente por lo desconocido que cuando llego a "casa," me doy una ducha de padre y señor mío y decido ver como funciona esto de la argentinitis.

Resulta que en las primeras páginas el autor se introduce como alguien que fue trasladado a Buenos Aires a los 9 (como yo), pasó penurias por problemas familiares (como yo) y juró nunca más pasar por lo mismo (como yo). ¿Habré hallado a mi gemelo incognito?

Le leo a mi compañera, que se asombra de los paralelos.

Y en eso llama mi prima. Habíamos quedado en almorzar mañana, el 30. Le hago el recuento del día y termino con el descubrimiento de un tal Oscar González de Oro, que parece que es un locutor de radio.

"No, ese es un escritor terrible," me dice.

Le pregunto que autor sería mejor y me responde, no sé de dónde, "¿De derecha?"

No se me había ocurrido la ideología. He caído en un escepticismo de todo, y más aún de ideólogos argentinos.

"No, cualquier escritor: de derecha, izquierda, arriba, abajo, de cual quier raza o nacionalidad," le digo, "pero que tenga experiencias coincidentes con las mías y explique esto del país que nos duele."

"Pero ¿querés que sean de derecha?" insiste ella.

Es el comienzo de un diálogo de sordos en el que tomamos vueltas a una calesita con la misma pregunta y las misma respuesta tres veces.

Mi prima insiste dogmáticamente que es "terrible" pero no explica por qué, ni atina a ofrecer una alternativa. Y no entiendo de dónde viene el supuesto que a mi me interesan las lecturas conservadoras.

Terminamos a los gritos, se ventilan palabras hirientes. Cuelgo a media frase suya, sin despedirme.

Luego vuelve a llamar, hablan las mujeres, conciertan el almuerzo. Contra todos mis instintos, acepto concretar la cita. Es un grave error.

martes, 28 de diciembre de 2010

¡Pizza, al fin!

El lunes 28, el Señor viajante descansó. Andaba con la cabeza hecha un bombo de reencuentros fugaces. Basta con dar una vueltecita por el barrio, mostrar donde hacía esto y donde vivía fulano, y el ombú de la Plaza Vicente López, que tiene cuidador y horario. Y, al fin, una cena que no fuera carne con otro compañero.

Descubrimos que en la adolescencia él quería ser como L y yo quería ser como él. ¿Quién habrá aspirado a ser como yo?

Una cena linda. Vino, pizza, humor.

Domingo del Bife

¿Qué hacer ante una parrillada cuando es la segunda del día? Una al mediodía con sobrinas que, a los 15 y 19, ya apuntan o comienzan a ser señoritas; la segunda con un ex-compañero de colegio que ha cambiado poco y nada. No ha cambiado el bifacho tampoco, pero ...

Sucede todo muy rápido. Charlamos, vamos de caminata personalmente "histórica", amagamos reencontrarnos.

No logro conocer realmente a la sobrina de 19 que conocí cuando tenía 2. Y la quinceañera es tímida. Entretanto, con mi amigo terminamos en un restaurant ruidoso donde no es posible hablar.

Nos vemos, pero es como ver una serie de diapositivas.

La casa donde nació mi madre a comienzos del siglo pasado no está. Ya lo sabía, pero quería ver. Un bosque de edificios de departamentos. Irreconocible.

¿Y si uno tuviera tiempo para dedicar días y días a la conversación con cada uno?

Tampoco. Somos todos como barcos que navegan por el mar.


(Esta entrega correspondería a ayer, tratándose del 27 de diciembre del 2009. La de hoy viene más tarde.)

domingo, 26 de diciembre de 2010

Buenos Aires ¡Qué lo Paris!

He llegado a Buenos Aires por carretera (desde Ezeiza), en tren (a Constitución, Retiro y Plaza Miserere), en avión (Aeroparque) y por vapor (el puerto). Voto por vapor, y en la madrugada cuando se ve despuntar a la ciudad en amarillos, violetas y varios tonos rojizos hasta que amanece el cielo abanderado.

Llegar por carretera desde La Plata no tiene mucha gracia. Los barrios del sur son feos (no hay vuelta que darle, che) y no es hasta comenzar a transitar por Callao que uno comienza a reconocer cosas ...
  • la Avenida Belgrano, a cuadras del antiguo colegio
  • Avenida de Mayo y el edificio de los inoperantes sobre el cual las palomas depositan su elocuente comentario a cada tanto
  • Corrientes, Córdoba
  • Santa Fé, señores, señoras y por qué no niños ... ponerse de pie ...
¿Y la Confitería "El Aguila"? ¿Cómo que no está? Es como decir que el caballo blanco de San Martín era ... una mula (hecho real).

He conseguido un departamento a media cuadra de donde vivía. Al menos, ahí si, quedan bastantes cuadras sin tocar. Sin monstrosidades comerciales.

Hace calor y uno termina en la heladería que celebra 40 años. Era nuevita cuando fui con mi madre otro verano. Pero ya ni sé qué pedir.

Ahora si, la ciudad se presenta linda y virginal, como esas muchachas beatas que conocía yo (o que al menos cumplían a pies juntillas el undécimo mandamiento: que no se entere nadie, che).

Pero dejemos la ciudad para luego, que hay que tomar un remís (le daría un patatus a mi madre, que se quejaba del derroche de mi padre ... que era muy remisero) a la quinta donde vive un amigo de entonces. Le había comprado la bóveda y se le curó el cáncer. Dice que un día le va a servir, de todos modos.


Vive ... Mirá, ¿sabés donde el diablo compró su poncho? Pasamos el negocio, pasamos los varios lugares que visitó y después hasta pasamos el poncho abandonado ... y no habíamos llegado.

En camino me entero que hay una avenida dedicada a la memoria de Ricardo Balbín. Y me pongo a reir sin poder parar. No di con el Boulevard Capitán Piluso, pero debe andar por ahí.

Menos mal que se apareció ella, por casualidad, en la verja. Iba de compras. (Hay un poncho muy barato por ahí, a verr ... te explico.)

sábado, 25 de diciembre de 2010

Sexta

Estoy tan desacostumbrado a la Navidad en verano, que ir a una quinta y pensar en traje de baño me parece extrañísimo. Pero, claro, si siempre nos moríamos de calor. Lo de los cohetes la noche anterior me sorprendió. (¿Se hacía tanto antes?)

Es un día soleado, más primos, primitos y primazos de los que no he visto en años; algunos los veo por primera vez. Donde vivo yo, soy el último sobreviviente de una civilización desaparecida. Nadar en una sopa de familia extendida, que sea mía, es una sensación desusada.

Soy introvertido, no sé si por naturaleza o crianza y a los efectos finales no importa cual. Por eso observo, escucho, saco fotos.
Mi prima
Esta me parece la foto clásica. Una mujer que lo ha visto todo y no cuenta nada, como todas aquellas abuelas de la conquista. Una dama gauchesca que toma mate. Entre los cuatro primos, todos hijos únicos (¡la casa de locos, de ocho vástagos y demás, que habrá sido la de mi madre!), esta prima ha resultado ser como una hermana mayor para mi.

Entre sus hijos soy el "ito" de mi niñez. Somos contemporáneos generacionales, siendo mi prima hija de la mayor de la generación de nuestras madres yo de la menor, pero no coetáneos. En mis tiempos si usaban gomina, pero hay cosas que, o no sucedían, o nadie las contaba.

Es un día dorado.

Solo hacia el anochecer, cuando hablamos de la familia, de los antepasados que he rastreado por amor al arte, se perfila la brecha que nos separa: de su parte el dogmatismo (hoy de izquierda), de mi parte un escepticismo empiricista (que parece de derecha, especialmente frente a la bajada de línea, pero no lo es). Más que diferendos ideológicos, son hábitos intelectuales diferentes, lentes de distinto aumento, modalidades de pensar o no pensar.

Pero demos tiempo al tiempo. Mañana vamos a Buenos Aires.

viernes, 24 de diciembre de 2010

Retorno al Retorno

24 de diciembre del 2009. - En Ezeiza se me acerca un hombre flaco pero fornido. La cara me es vagamente conocida, la voz dice mi nombre y caigo en que es un primo al que no veía desde ... y, él tendría unos 13 años por aquél entonces. Tendrá ... 49 me entero.

Y así comienza un paseo de unos nueve días en aquellos pagos.

Primeras impresiones en Ezeiza: hay cambios cosméticos. Las casillas de migraciones están numeradas y hay un cartel electrónico que debe indicar la casilla disponible. Pero el indicador no funciona; apunta a una casilla donde no hay un funcionario. Y no cambia cuando avanzan los pasajeros a nuevas casillas.

He llegado a la Argentina, donde nada funcionará como debe. ¿Para qué variar?

El antiguo edificio central está desvencijado, abandonado, como si hubiera habido una guerra que recién terminó. He llegado a la Argentina, donde sobrarán sitios abandonados, dejados a la buena de Dios.

Mi primo habla y camina rápido. Mete las valijas en su coche y nos largamos a una carretera con barreras laterales desvencijadas, pasto crecido en el medio y una cabina de peaje. Para cobrar ¿qué?

Hay baches, el perenne panorama de miseria. Pero las villas parecen más grandes, sus viviendas ya no son chozas de lata sino de ladrillos; hay un aire de pobreza sin fin y sin salida.

Pasamos por las afueras de Buenos Aires, mucha ruina, mucho edificio chueco. Llegamos a La Plata, ciudad planificada en los 1880, de chalecitos y edificios públicos de márbol. Todo arruinado también. Me da vergüenza que mi compañera gringa vea las cosas así.

Nos rescata la madre de mi primo, prima ella también, quien entrelaza sus saludos con conversación sobre Kant. Estoy entre los míos, gente que habla de libros, gente que sabe sobrevolar el entorno tremendo que los rodea.